Salmo 102 – Esperanza de hogar (565)

Hoy nuestra Mirada llega al final del salmo ciento dos. Este salmo, es una intensa oración que un creyente hace delante de Dios y comienza exponiendo su sufrimiento, para seguidamente, reconocer la esperanza que tiene en Dios.
Como hemos dicho en días anteriores, la extensión del salmo nos impide leerlo entero en un solo día, así que, hemos decidido leer cada día unos cuantos versículos, para no perder de vista el conjunto del texto del salmo, y comentar dos de los versículos que hemos leído.
Hay comentaremos los dos últimos versículos del salmo, pero, antes vamos a leer desde el versículo diecinueve al veintiocho, y dice así:
“Porque miró desde lo alto de su santuario; Yahweh miró desde los cielos a la tierra, Para oír el gemido de los presos, Para soltar a los sentenciados a muerte; Para que publique en Sion el nombre de Yahweh, Y su alabanza en Jerusalén, Cuando los pueblos y los reinos se congreguen En uno para servir a Yahweh. El debilitó mi fuerza en el camino; Acortó mis días. Dije: Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días; Por generación de generaciones son tus años. Desde el principio tú fundaste la tierra, Y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; Y todos ellos como una vestidura se envejecerán; Como un vestido los mudarás, y serán mudados; Pero tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán. Los hijos de tus siervos habitarán seguros, Y su descendencia será establecida delante de ti”.
Aunque acabamos de leerlos, vamos a leer de nuevo los dos versículos a los que dedicaremos hoy nuestra Mirada, para tener más presente en nuestra memoria su contenido.
Los versículos veintisiete y veintiocho, con los cuales termina el salmo ciento dos, dicen así: “Pero tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán. Los hijos de tus siervos habitarán seguros, Y su descendencia será establecida delante de ti”.
Después de referirse a la caducidad de lo que vemos, el salmo termina con una clara referencia al eterno hogar celestial, porque el Dios eterno lo garantiza con su permanencia y poder. A esa permanencia alude diciendo:
“Pero tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán”. Es decir, el eterno Dios no cambia de propósito y sus promesas no son de quita y pon, por eso podemos confiar en Él incondicionalmente.
Seguidamente, el salmo hace referencia a una situación que siempre será nuestra aspiración: Vivir sin ningún sobresalto, sin ningún temor, sin ninguna ansiedad, porque dice: “Los hijos de tus siervos habitarán seguros”.
Nunca el mundo fue tan inseguro, pero vivimos con la esperanza, con la seguridad, de vivir al fin en plena y total seguridad. Pero, esa seguridad será en la presencia misma de Dios, en su hogar celestial, a eso se refiere el salmo en su frase final, porque dice:
“Y su descendencia será establecida delante de ti”. Nuestra vida aquí, en este planeta está siempre en las manos de Dios, pero, si hemos creído a su Palabra de todo corazón, tenemos la seguridad de una vida sin límites, en su misma presencia, en las condiciones ideales, mucho más de lo que podamos imaginar.
Confiemos en Él.