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Salmo 103 – Bendiciendo al recordar (567)

Imagen del programa Salmo 103 – Bendiciendo al recordar (567) en Radio Solidaria

Nuestra ruta por el libro de los salmos, nos ha llevado hasta el salmo ciento tres. Este salmo, escrito por David, es uno de los más conocidos por su riquísimo contenido.

Como es bastante extenso, lo hemos repartido en cuatro partes para ir comentado poco a poco su contenido.

Hoy leeremos los primeros seis versículos del salmo, que ampliarán nuestro conocimiento de lo que trata, y comentaremos el versículo dos del mismo.

El salmo en conjunto es un repaso de como se relaciona Dios con los suyos, por lo hemos titulado “Bendiciendo”, porque habla muy bien de Dios, reconociendo los múltiples beneficios recibidos de Él. Vamos a comprobarlo.

Los versículos uno al seis del salmo ciento tres dicen así: “Bendice, alma mía, a Yahweh, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Yahweh, Y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca De modo que te rejuvenezcas como el águila. Yahweh es el que hace justicia Y derecho a todos los que padecen violencia”.

Estos primeros seis versículos del salmo nos permiten saber de que trata y dan luz sobre el versículo que ocupa hoy nuestra Mirada, y que vamos a leer de nuevo, antes de comentarlo.

El versículo dos, del salmo ciento tres, dice así: “Bendice, alma mía, a Yahweh, Y no olvides ninguno de sus beneficios”.

El salmista repite la primera frase del salmo igual que lo hace al final del salmo, es decir, que esta frase aparece tres veces en el salmo, eso indica un sentir personal del salmista, es decir, el salmista David quiere reconocer las bendiciones de Dios de todo corazón, o, dicho de otra manera, lo que dice en el salmo no son meras palabras muy bien compuestas, sino el profundo sentimiento de su alma.

Está tan lleno de gratitud que no le quedan huecos sin ella. Ese es el culto que agrada a Dios. El mismo Señor, cuando hablaba con la mujer samaritana, le dice que Dios quiere que los que le adoran lo hagan en espíritu, es decir sintiéndolo, y de forma auténtica. Porque, adorar es reconocer lo que Dios es y lo que hace por y para nosotros, y eso si no es sincero no vale para nada. Así que el salmista está en el buen camino, el de la adoración auténtica. Pero, en este versículo hay una segunda frase que invita a ejercitar la memoria, pues, tras decir “Bendice, alma mía, a Yahweh”, dice: “Y no olvides ninguno de sus beneficios”.

Esto es tanto como decir. Para un momento, haz memoria, repasa tu vida, lo que te ha sucedido. ¿Alguna vez has hecho recuento de las cosas buenas que Dios te ha dado y te da? ¿Haces inventario de las bondades de Dios en tu vida? Porque, puede ser, que sin darte cuenta, pienses que te mereces todo lo que tienes, no solo lo que recibes, lo mismo que los demás habitantes del planeta, como el sol, el agua y el aire, sino las cosas que has recibido de Dios personalmente.

¿Has hecho recuento? ¿Verdad que son más de lo que pensabas? Pues repasa bien y da gracias a Dios de todo corazón.