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Prosigo a la meta con Sully de Barra: Fortaleciendo la perseverancia (3ª parte).

En las entregas anteriores hablamos sobre qué es la perseverancia, por qué a veces nos cuesta mantenernos firmes, y cómo fortalecerla a través de la fe, la disciplina y la obediencia. Hoy, en esta tercera parte, queremos cerrar este ciclo reflexionando en ejemplos bíblicos que nos muestran qué sucede cuando perseveramos… y qué sucede cuando no lo hacemos.

Primero vamos a recordar brevemente ¿Qué es perseverar? Perseverar es seguir adelante con firmeza y constancia en algo que hemos empezado, aunque cueste trabajo, aunque haya obstáculos o aunque los resultados tarden en llegar. Perseverar por ejemplo es un deportista que entrena con disciplina, aunque no vea mejoras de inmediato. Una madre que no se rinde con sus hijos, aunque esté cansada y no vea cambios rápidos. Alguien que empieza un proyecto y sigue trabajando en él, incluso cuando otros abandonan.

Perseverar en algo no se trata de hacerlo perfecto, sino de no rendirse. Perseverar significa mantener el compromiso, repetir el esfuerzo, seguir adelante… incluso cuando nos sentimos tentados a dejarlo. Y en la fe perseverar es mantenerse firme, constante y obediente en el camino de Dios, a pesar de las dificultades, los retrasos en los resultados o la oposición. No es simplemente resistir, sino avanzar con fe, confiando en que Dios cumplirá Su propósito a su tiempo. Perseverar es una convicción, porque estoy plenamente convencido que aquello en lo que persevero VALE LA PENA.

Y hoy vamos a hablar de personajes bíblicos, hablaremos de dos ejemplos de aquellos no perseveraron y aquellos que sí, porque de todos podemos aprender y aplicar para nuestra vida.

A veces, comenzamos bien… pero no terminamos igual. Mi esposo decía “no se trata de cómo se comienza, sino de cómo se termina” y es una gran verdad. En la Biblia también encontramos historias de personas que iniciaron el camino, pero no perseveraron hasta el final. Por diferentes razones—temor, amor al mundo, incredulidad, desobediencia—se detuvieron, abandonaron o tomaron decisiones que los alejaron del propósito de Dios. Estas vidas son advertencias para nosotros, porque la perseverancia no se mide solo en el entusiasmo inicial, sino en la fidelidad continua.

Laboratorio de pensamientos con Carlos Fumero: El peligro no es la crítica a la fe, sino una fe n…

El secularismo no avanza principalmente porque el mundo critique nuestra fe, sino porque los creyentes dejamos de vivirla. Como dice Magnus Malm:

«No es la fe criticada la que nos seculariza, es la fe no practicada. Es la oración que no hago. Son los textos bíblicos a los que no vuelvo. Es el culto en el que no participo. Son todas las áreas del mundo que excluyo de una perspectiva cristiana.»

Este es el verdadero secularismo: cuando actuamos “como si Dios no existiera”. No necesitamos negar verbalmente a Dios para vivir como si no estuviera presente. Basta con ignorarlo en nuestras decisiones, omitirlo en nuestras prioridades, y relegarlo a los márgenes de nuestra vida diaria.

Jesús dijo: «El que me ama, mi palabra guardará» (Juan 14:23). Vivir nuestra fe no es solo profesarla, sino practicarla. Orar. Leer la Palabra. Congregarnos. Traer a Dios a cada rincón de nuestra vida.

Desafío:

¿Qué partes de tu vida están funcionando sin referencia a Dios? ¿Hay áreas donde actúas “como si Dios no existiera”?

Es tiempo de volver a la oración que hemos dejado, a la Palabra que hemos descuidado, y a la comunión que hemos olvidado. Porque solo una fe vivida puede resistir el avance del secularismo.