Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 18 Testimonio
Versículos 4-6: Acosado
Bienvenidos a Miradas. Continuamos nuestro paseo por el salmo dieciocho en el cual David da un brillante testimonio de lo que Dios había sido y era para él.
Cuando los salmos que traemos a este programa son breves, los leemos enteros, pero este es muy extenso y por eso iremos poniendo un trocito cada día bajo nuestra Mirada.
Veremos hoy los tres versículos que van del cuatro a seis de este salmo dieciocho en los cuales David abre su corazón para contarnos como fue acosado espiritualmente por el mal y como su petición de socorro fue escuchada por Dios.
Cuando tratamos de las luchas espirituales siempre hay dos actitudes que predominan, una es minimizarlas, hasta prácticamente ignorarlas, y la otra, exagerarlas hasta verlas por todas partes y a todas horas. Pero es testimonio de la Escritura es que esas luchas son muy reales y de eso hablan estos versículos que leeremos hoy.
Los versículos que serán objeto de nuestra Mirada de hoy dicen así:
“Me rodearon ligaduras de muerte, Y torrentes de perversidad me atemorizaron. Ligaduras del Seol me rodearon, Me tendieron lazos de muerte. En mi angustia invoqué a Jehová, Y clamé a mi Dios. El oyó mi voz desde su templo, Y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos”. La primera frase ya nos introduce de forma abrupta en el brutal acoso espiritual sufrido por David, pues dice:
“Me rodearon ligaduras de muerte, Y torrentes de perversidad me atemorizaron”.
La descripción es la de alguien apresado que no puede soltarse y tiene mucho miedo.
Es evidente que no se trata de enemigos físicos, sino de un ataque espiritual muy fuerte, indicado especialmente por el salmista al referirse a “torrentes de perversidad me atemorizaron” que le hacen temer incluso por su vida.
El maligno siempre procura derribar a los siervos de Dios y por ello envía a sus agentes para acosarlos con ferocidad.
En la frase siguiente David menciona otras dos veces la muerte cuando dice:
“Ligaduras del Seol me rodearon, Me tendieron lazos de muerte”. Esta descripción nos recuerda una trampa para cazar de la cual la víctima no puede salir por si misma. Por esa razón, y con muy buen criterio, David, angustiado, pide socorro a Dios, pues recuerda: “En mi angustia invoqué a Jehová, Y clamé a mi Dios”.
Llama la atención, que va de lo general, “invoqué a Jehová” a lo personal, “clamé a mi Dios”.
Lo mismo hace para recordarnos que fue escuchado pues primero dice:
“El oyó mi voz desde su templo”. Pero, seguidamente, añade: “Y mi clamor llegó delante de él”, y especifica que llegó “a sus oídos”.
Es decir, no que su voz resonó lejana sino que llegó claramente a los oídos de Dios, vamos, que fue escuchado, lo cual es tanto como decir que fue atendido.
Hay batallas que nosotros no podemos ganar sin ayuda divina, por lo cual no sirve para nada ni la experiencia, ni la valentía, ni el coraje, ni la firmeza de la voluntad, ni cualquier ayuda humana.
La única posibilidad de triunfo pasa por recurrir con humilde sinceridad, y un franco reconocimiento de nuestra debilidad, al Dios Todopoderoso, nuestro Padre celestial, poniendo en sus manos la defensa.
Depender de Dios es un triunfo seguro.
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