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Salmo 22 – Martirizado (126)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Salmo 22. Salmo de David

Versículos 14-15: Martirizado

Bienvenidos a Miradas. En nuestro recorrido por los salmos nos hemos detenido en el salmo veintidós para examinarlo en relación con la obra del Señor Jesucristo, ya que es citado por los cuatro evangelios en el relato de la crucifixión por contener varias frases, que, escritas mil años antes, se cumplen allí al pie de la letra, y, además, tienen referencias a su futuro glorioso.

Por esta razón, aunque el salmo fue escrito por David, no sabemos en que momento de su vida, es estudiado como uno de los salmos llamados mesiánicos, al tener ese doble carácter de referirse a la vida de David y, a la vez, a la obra del Mesías, Jesucristo.

Leeremos ahora los versículos once al quince del salmo veintidós, pensando en la cruz de Cristo, y después dedicaremos una especial atención a los versículos catorce y quince que describen con mucha crudeza el sufrimiento del Salvador.

Los versículos once al quince del salmo dicen así: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; Porque no hay quien ayude. Me han rodeado muchos toros; Fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca Como león rapaz y rugiente He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte”. Miremos ahora atentamente a los versículos catorce y quince que describen el dolor del crucificado. Dicen así: “He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte”.

Uno de los aspectos del espantoso dolor de Jesucristo en la cruz, que pasa desapercibido para la mayoría, es el sufrimiento espiritual, que tuvo sin duda una dimensión imposible de imaginar por su enormidad.

Especialmente durante las tres horas de oscuridad, mencionadas por los tres primeros evangelios, el sufrimiento fue tan terrible que Jesús clamó con inmensa angustia: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?”.

Toda la ira de Dios contra el pecado de toda la historia, fue cargada sobre Cristo y castigada completamente.

Al pensar esto, las palabras del salmista cobran todo su sentido, leemos de nuevo el pasaje del salmo veintidós objeto de nuestra Mirada:

“He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas.

Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte”.

Posiblemente habrás pensado más de una vez en el sufrimiento de Cristo en la cruz, pero tal vez no alcanzaste a darte cuenta de su inmensidad, y, especialmente, de un hecho trascendental:

Tus pecados formaban parte de aquel colosal paquete de culpas por las que pagó el Salvador.

Cristo sufrió la cruz voluntariamente, para pagar tus culpas y sus brazos abiertos te invitan a ir a Él aceptando su sustitución y comprometiendo con Él el resto de tu vida para seguirle con fidelidad.

Ya no queda nada pendiente si crees en Él. Pero, si no quieres creer, tendrás que responder tú.

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