Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 25 Necesitado
Versículos 6-7: Misericordia
Bienvenidos a Miradas, nuestro recorrido diario por el libro de los salmos.
En nuestro viaje hemos llegado al salmo veinticinco, uno de los salmos de David, que en una oración reconoce ante Dios su necesidad de ser dirigido y enseñado en su vida diaria y también de perdón a causa de sus pecados que reconoce con sencillez.
Todo el salmo manifiesta, asimismo, la seguridad que el salmista tiene en Dios.
Dada la extensión del salmo, leeremos cada día un trozo para tener perspectiva del conjunto y comentaremos una parte a la que dedicaremos nuestra Mirada del día.
Los primeros diez versículos del salmo veinticinco dicen así:
“A ti, oh Jehová, levantaré mi alma. Dios mío, en ti confío; No sea yo avergonzado, No se alegren de mí mis enemigos. Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido; Serán avergonzados los que se rebelan sin causa. Muéstrame, oh Jehová, tus caminos; Enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame, Porque tú eres el Dios de mi salvación; En ti he esperado todo el día. Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, Que son perpetuas. De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; Conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, oh Jehová. Bueno y recto es Jehová; Por tanto, él enseñará a los pecadores el camino. Encaminará a los humildes por el juicio, Y enseñará a los mansos su carrera. Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, Para los que guardan su pacto y sus testimonios”.
Tras leer esta primera parte del salmo, vamos a fijar nuestra mirada en los versículos seis y siete, que son una sincera confesión de la misericordia de Dios y de los pecados personales, pues dicen así:
“Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, Que son perpetuas. De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; Conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, oh Jehová”.
Es interesante comprobar que la confesión y petición de amnistía de David está abrazada por la de la misericordia de Dios que confiesa primero e invoca después. Vamos por partes. David comienza confesando la misericordia eterna de Dios al decir:
“Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, Que son perpetuas”. Tiene muy claro que el único cuya compasión no cesa en Dios y por eso acude a él con su debilidad y necesidad. Postrado ante la misericordia divina, pide amnistía para sus pecados diciendo:
“De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes”.
Esto es sorprendente, David no pide simplemente perdón sino olvido, o, más bien, que sus pecados son sean recordados de nuevo, algo que solemos hacer nosotros con los que nos ofenden.
Es decir, no que Dios olvide sino que no vuelva a traer una y otra vez ante él los pecados ya perdonados.
Seguidamente, invoca de nuevo la misericordia de Dios y su bondad para recibir este perdón, pues dice:
“Conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, oh Jehová”.
Nunca tendríamos una explicación satisfactoria de este hecho sin conocer como Cristo llevó nuestros pecados y por eso puede recibirnos y perdonarnos.
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