Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 27 Segiro en la necesidad
Versículos 7-9: Petición de socorro
Bienvenidos a Miradas. Seguimos avanzando en nuestro recorrido por los salmos y hemos llegado al salmo veintisiete del cual ya hemos repasado un poco su primera parte.
Este salmo, escrito por David es un canto a la plena seguridad en Dios en toda circunstancia.
Hoy leeremos la segunda parte del salmo para después detener nuestra Mirada en los versículos siete al nueve que son una petición de urgencia en una situación apurada.
Leemos la segunda parte del salmo y después volvemos a esos versículos.
Dice así: “Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; Ten misericordia de mí, y respóndeme. Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová; No escondas tu rostro de mí. No apartes con ira a tu siervo; Mi ayuda has sido. No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación. Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Con todo, Jehová me recogerá. Enséñame, oh Jehová, tu camino, Y guíame por senda de rectitud A causa de mis enemigos. No me entregues a la voluntad de mis enemigos; Porque se han levantado contra mí testigos falsos, y los que respiran crueldad. Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová En la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová”.
Al escuchar esta parte del salmo habremos percibido la perfecta confianza del salmista en Dios que es la tónica de todo el salmo. Vamos ahora a recordar esa parte que es un ruego apremiante aunque saturado de confianza, de los versículos siete al nueve.
Dice así al salmo: “Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; Ten misericordia de mí, y respóndeme. Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová; No escondas tu rostro de mí. No apartes con ira a tu siervo; Mi ayuda has sido. No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación”.
Da impresión que se trata de una situación en la cual el salmista ha fallado y por eso dice:
“Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; Ten misericordia de mí, y respóndeme. Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová; No escondas tu rostro de mí”.
Como tantas otras veces, David recurre a la misericordia de Dios ya que es muy consciente de no merecer su favor.
¿Acaso nosotros merecemos el favor de Dios o lo hemos merecido alguna vez en nuestra vida?
Algunos piensan equivocadamente que sí, pero no hay tal.
Solo podemos invocar la misericordia de Dios porque merecer no merecemos nada.
El ruego del salmista se completa diciendo: “No apartes con ira a tu siervo; Mi ayuda has sido. No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación”.
Ahora afirma tres cosas muy interesantes, pide que la merecida ira divina sea desviada, evidentemente no por mérito alguno sino por la misericordia de Dios, recuerda que ya fue ayudado en el pasado, aunque no lo merecía, y termina diciendo que Dios es su Salvador, es decir que no tiene otro a quien recurrir. Dios, el mismo Dios, el único Dios, también puede ser tu Salvador, no hay otro.
Su misericordia también puede alcanzarte a ti si se lo pides de corazón.
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