Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 43 Versículo 3: No lo entiendo
Bienvenidos a Miradas. Nuestro recorrido diario por el libro de los salmos, la poesía más excelsa jamás escrita, nos ha llevado ya hasta el salmo cuarenta y tres.
Este salmo es una breve oración con todos los ingredientes posibles, dada su brevedad, pues se inicia con una queja, sigue con un ruego intenso que se dulcifica más tarde ante la perspectiva de llegar al santuario de Dios, para, seguidamente, reprender a su propia alma y terminar exhortándose esperanzadamente.
Hoy pondremos nuestra Mirada en el versículo dos, pero, antes, leeremos el salmo completo.
El salmo cuarenta y tres dice así:
“Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa; Líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo. Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo? Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán; Me conducirán a tu santo monte, Y a tus moradas. Entraré al altar de Dios, Al Dios de mi alegría y de mi gozo; Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío. ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío”. Después de leer este breve salmo cuarenta y tres, vamos a fijar nuestra Mirada, como cada día, en una parte del mismo. Será en el día de hoy en el versículo dos de este salmo, que dice así: “Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo?”.
Este versículo parece una queja, y, a la vez, sorprendentemente, una afirmación de seguridad.
Veamos su primera frase que dice: “Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza”.
Esta afirmación deja muy clara tanto la actitud del salmista, tanto hacia si mismo como su total confianza en Dios, pues, no menciona sus fuerzas sino las de Dios y no solo eso, sino que las de Dios son para él las únicas que tiene.
Excelente lección para nosotros. Pero, seguidamente, el salmista se queja, manifestando su incomprensión, ya que se siente abandonado por Dios, a quien acaba de confesar como su fortaleza, y, como es natural, no lo entiende pues dice:
“¿por qué me has desechado?”. Y es que al salmista le ocurría, lo mismo que a nosotros, que no entendía la tardanza de Dios en intervenir cuando lo necesitaba, porque, él, igual que nosotros, no comprendía los tiempos de Dios. Por eso necesitamos confiar, y, a la vez, saber esperar en Dios, porque Él tiene el conocimiento perfecto de todas las cosas y controla perfectamente los tiempos para darnos la ayuda en el momento mejor.
La queja continúa en la siguiente frase que dice:
“¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo?”. Es decir: ¿Por qué tengo que estar triste, a causa de la continua presencia de los enemigos de tu causa con sus ataques, si tú eres mi protección? ¿Por qué no intervienes de una vez, a qué esperas?
Es fácil juzgar esta impaciencia y descalificarla como si fuese una fe débil la del salmista. Pero es que una cosa es estar en las gradas y otra, muy diferente, estar luchando en la arena del estadio.
Es fácil decir a otro que sufre: Ten paciencia, si nosotros no estamos sufriendo.
Esperemos en Dios y ayudemos a los que sufren.
Tenemos miles de audios sobre fe, esperanza, oración y vida cristiana esperándote.
Consulta la Fonoteca en Telegram: todas las emisiones desde enero de 2026, hora por hora.