Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 43 Versículo 4: Comunión
Bienvenidos a Miradas. En nuestro diario paseo por el libro de los salmos ya hemos llegado casi al final del salmo cuarenta y tres, un salmo breve pero de una gran densidad de contenido, y en el cual el salmista hace un ruego que tiene algo de queja mezclada con seguridad y esperanza, vamos, una combinación extraordinaria.
Hoy nos detendremos en el versículo cuatro, pero, antes leeremos el salmo entero.
El salmo cuarenta y tres dice así: “Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa; Líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo. Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo? Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán; Me conducirán a tu santo monte, Y a tus moradas. Entraré al altar de Dios, Al Dios de mi alegría y de mi gozo; Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío. ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío”.
Después de leer el salmo completo vamos a examinar el versículo cuatro.
En el programa anterior dedicado al versículo tres del salmo cuarenta y tres, hemos dejado al salmista pidiendo luz y dirección para llegar hasta la morada de Dios, en este versículo cuatro el deseo de comunión con Dios se expresa plenamente, pues dice:
“Entraré al altar de Dios, Al Dios de mi alegría y de mi gozo; Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío”. Vamos frase por frase.
Primero dice: “Entraré al altar de Dios”. Al altar solo podían entrar los sacerdotes para ofrecer sacrificios, pero la Biblia nos asegura, que los salvados por Jesucristo podemos acceder, como sacerdocio real, para ofrecer adoración, por medio de Jesucristo, delante de Dios.
Pocas veces pensamos en esto para valorarlo en la importancia que tiene este privilegio. Seguidamente, el salmista califica a Dios, desde su situación de dificultad, con las siguientes palabras:
“Al Dios de mi alegría y de mi gozo”.
¡Cuántas veces hemos buscado, sin éxito, alegrarnos con las fugaces luces de este mundo! El salmista sabía que la auténtica alegría, el gozo que llena el alma en cualquier circunstancia, no se halla en este mundo sino en Dios, por eso aspira a lograrla solamente en Él. Y, además, esa alegría se expresaría en alabanza, pero alabanza según Dios, pues agrega:
“Y te alabaré con arpa, oh Dios”. No sería una alabanza según el salmista sino con los instrumentos de Dios, con las palabras que su conocimiento inspira.
Cuando tanto se discute de la forma de alabar, sería bueno empaparse de la palabra de Dios para con su iluminación alabar a Dios de la forma que Él quiere.
La petición de este versículo cuatro del salmo cuarenta y tres se cierra con algo más que es muy clarificador, pues el salmista añade: “Dios mío”.
No se trataba de alabar, de adorar, a un Dios lejano, sino al Dios personal del salmista.
Esto hace la diferencia fundamental. Este versículo cuatro nos deja unas pautas realmente preciosas.
Guiado por la palabra de Dios, acercarse a su altar para ofrecerle alabanza gozosa en toda situación y circunstancia, con esa cercanía que da saberse personalmente suyo.
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