Espacio presentado por Daniel Valuja.
Bienvenidos a Miradas. Con el programa de hoy llegamos ya al final del salmo cincuenta y seis, escrito por David para dar testimonio de su total confianza en Dios en medio de la dificultad.
Leeremos el salmo entero y comentaremos los tres últimos versículos del mismo. El salmo cincuenta y seis dice así:
“Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre; Me oprime combatiéndome cada día. Todo el día mis enemigos me pisotean; Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia. En el día que temo, Yo en ti confío. En Dios alabaré su palabra; En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre? Todos los días ellos pervierten mi causa; Contra mí son todos sus pensamientos para mal. Se reúnen, se esconden, Miran atentamente mis pasos, Como quienes acechan a mi alma. Pésalos según su iniquidad, oh Dios, Y derriba en tu furor a los pueblos. Mis huidas tú has contado; Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro? Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare; Esto sé, que Dios está por mí. En Dios alabaré su palabra; En Jehová su palabra alabaré. En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre? Sobre mí, oh Dios, están tus votos; Te tributaré alabanzas. Porque has librado mi alma de la muerte, Y mis pies de caída, Para que ande delante de Dios En la luz de los que viven”.
Ahora tras leer el salmo cincuenta y seis, vamos a comentar los versículos once al trece del mismo. Estos versículos comienzan con una frase que el salmista ya había dicho antes, afirmando su confianza en Dios y su tranquilidad ante los ataques de los hombres, pues dice:
“En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”. Recuerda el salmista, seguidamente, que él se ha comprometido con Dios, y, por lo tanto, está obligado por las promesas que ha hecho.
Lo dice con estas palabras: “Sobre mí, oh Dios, están tus votos”. Conviene que no olvidemos que creer es comprometerse, no para conseguir la salvación, porque es imposible por las obras, sino para vivir como salvados. De hecho, el salmista lo reconoce en la larga frase siguiente, en la cual reconoce con alabanza que ha sido salvado por Dios y que fue cuidado cuando estuvo en peligro de caer, lo hace diciendo:
“Te tributaré alabanzas. Porque has librado mi alma de la muerte, Y mis pies de caída”.
Así que su compromiso de vida delante de Dios surgía de la salvación recibida de Él. Y esa vida es una vida de servicio, pues termina el salmo diciendo: “Para que ande delante de Dios En la luz de los que viven”.
Esto nos recuerda lo que dice Pablo a los efesios hablando de la salvación, y de la vida de los salvados, con estas palabras:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.
Si has sido salvado por la obra de Jesucristo, lo has sido para vivir a su servicio, porque para eso te ha salvado.
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