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Salmo 71 – Todo lo tengo en Ti (367)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Bienvenidos a Miradas. Nuestro diario y lento paseo por el libro de los salmos, nos ha traído hasta el salmo setenta y uno que hoy comenzamos.

Este salmo no indica quien es su autor, pero tiene una gran semejanza con varios de los salmos de David, en todo caso, es una petición a Dios que rebosa confianza.

Como el salmo es extenso, iremos leyendo y comentando algunos versículos cada día.

Hoy meditaremos en los cinco primeros que describen muy bien la comunión del creyente con Dios.

Los versículos uno al cinco del salmo setenta y uno dicen así: “En ti, oh Jehová, me he refugiado; No sea yo avergonzado jamás. Socórreme y líbrame en tu justicia; Inclina tu oído y sálvame. Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente. Tú has dado mandamiento para salvarme, Porque tú eres mi roca y mi fortaleza. Dios mío, líbrame de la mano del impío, De la mano del perverso y violento. Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, Seguridad mía desde mi juventud”.

Ahora, después de leer estos cinco primeros versículos del salmo setenta y uno, donde el salmista confiesa su total dependencia de Dios, vamos a reflexionar en ellos, frase por frase.

Comienza el salmo con una declaración que define muy bien el sentir del salmista, ya que le confiesa como refugio seguro y permanente, pues dice: “En ti, oh Jehová, me he refugiado; No sea yo avergonzado jamás”.

Después de esta declaración inicial, el salmista pide ayuda en dos frases muy interesantes, la primera pide que Dios haga justicia en su caso, la justicia que los hombres le negaban, y en la segunda pide compasión y benevolencia, de forma muy gráfica ya que pide que Dios se “agache” desde su excelsa gloria para escucharle, pues dice:

“Socórreme y líbrame en tu justicia; Inclina tu oído y sálvame”.

Seguidamente, hace una afirmación que explica su petición, pues atribuye a Dios su seguridad personal, si nos fijamos bien en esta frase el salmista confiesa que su seguridad y su fortaleza es Dios mismo, diciendo: “Porque tú eres mi roca y mi fortaleza”.

A continuación, especifica un poco más su ruego al mencionar a sus enemigos que le atacan con violencia, a los que califica muy duramente, pues dice:

“Dios mío, líbrame de la mano del impío, De la mano del perverso y violento”.

Después, confiesa a Dios como su garantía de futuro, diciendo: “Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza”. Pero no solo era su garantía de futuro, su esperanza, sino que ya había sido el sustento de su vida desde su edad joven, pues afirma:

“Seguridad mía desde mi juventud”. Si hemos escuchado las afirmaciones del salmista habremos comprendido que su relación de dependencia con Dios no eran solamente palabras, ni solamente en ocasiones, sino que se trataba de una forma de vida continuada.

Esa es, sin duda alguna, la lección más notable que nos deja este comienzo del salmo setenta y uno.

La dependencia real, práctica, de Dios, en la vida diaria del creyente que ya ha comprobado que es la única dependencia que realmente funciona.

¿De quien dependes tú? ¿De tus conocimientos, de tus contactos, de tus medios materiales, o de Dios?

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