Espacio presentado por Daniel Valuja.
Bienvenidos a Miradas. Nuestro encuentro diario con el precioso libro de los salmos no ha traído hasta el salmo setenta y uno, que ya estamos a punto de terminar.
Este salmo es de un autor anónimo, aunque tiene una gran semejanza con el estilo de David.
Es probable que se trate de un hombre de bastante edad que está haciendo un repaso de su vida de relación con Dios.
En todo caso, en una petición de ayuda a Dios hecha con toda confianza, es decir, el salmista se sabe seguro bajo la protección de Dios, pero, a la vez, reconoce su continua dependencia de Él, por eso, a la vez que la alaba y proclama su fidelidad, presenta sus necesidades presentes y futuras.
El salmo es bastante extenso, por eso leemos unos cuantos versículos cada día para después comentarlos.
Vamos a leerlos. Los versículos doce al diecinueve del salmo setenta y uno dicen así:
“Oh Dios, no te alejes de mí; Dios mío, acude pronto en mi socorro. Sean avergonzados, perezcan los adversarios de mi alma; Sean cubiertos de vergüenza y de confusión los que mi mal buscan. Mas yo esperaré siempre, Y te alabaré más y más. Mi boca publicará tu justicia Y tus hechos de salvación todo el día, Aunque no sé su número. Vendré a los hechos poderosos de Jehová el Señor; Haré memoria de tu justicia, de la tuya sola. Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, Y hasta ahora he manifestado tus maravillas. Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares, Hasta que anuncie tu poder a la posteridad, Y tu potencia a todos los que han de venir, Y tu justicia, oh Dios, hasta lo excelso. Tú has hecho grandes cosas; Oh Dios, ¿quién como tú?”.
Vamos ahora a comentar poco a poco lo que hemos leído.
Comienzan estor versículos repitiendo la petición de protección urgente, pues dice: “Oh Dios, no te alejes de mí; Dios mío, acude pronto en mi socorro”.
El salmista expresa su deseo, encomendando a Dios la acción, pues dice: “Sean avergonzados, perezcan los adversarios de mi alma”. Y recalca su petición, diciendo de nuevo:
“Sean cubiertos de vergüenza y de confusión los que mi mal buscan”. Pero el salmista tiene segura su esperanza, pues añade: “Mas yo esperaré siempre, Y te alabaré más y más”. Y, además, será un testigo permanente de la salvación de Dios, pues dice:
“Mi boca publicará tu justicia Y tus hechos de salvación todo el día, Aunque no sé su número”. Tiene grandes cosas que contar, pues añade: “Vendré a los hechos poderosos de Jehová el Señor; Haré memoria de tu justicia, de la tuya sola”.
Las bendiciones de Dios le han acompañado y motivado toda su vida, pues confiesa: “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, Y hasta ahora he manifestado tus maravillas”.
Encomiendo al cuidado de Dios su ancianidad, diciendo:
“Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares”. Pero su deseo no es egoísta, sino de servicio, pues dice: “Hasta que anuncie tu poder a la posteridad, Y tu potencia a todos los que han de venir, Y tu justicia, oh Dios, hasta lo excelso”. Y terminan estos versículos proclamando la grandeza de Dios, diciendo:
“Tú has hecho grandes cosas; Oh Dios, ¿quién como tú?”. ¿Qué opinas tú de Dios?
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