Espacio presentado por Daniel Valuja.
Estamos terminando ya la meditación del salmo setenta y cuatro, un salmo que hace una petición de salvación a Dios en un momento terrible, de tal gravedad, que el salmista se pregunta delante de Dios, en su oración, si habrán sido abandonados por Él, pues el templo y la ciudad de Jerusalén habían sido arrasados.
Este salmo es escrito por un miembro de la familia de Asaf, la cual tenía a su cargo el coro del templo desde los días de David.
Cada día, leemos unos cuantos versículos del salmo, para después comentarlos en detalle.
En los que leeremos hoy, el salmista recuerda las maravillas del poder de Dios, a favor de su pueblo y en la creación, así como el desprecio de los enemigos.
Los versículos trece al dieciocho, del salmo setenta y cuatro, dicen así:
“Dividiste el mar con tu poder; Quebrantaste cabezas de monstruos en las aguas. Magullaste las cabezas del leviatán, Y lo diste por comida a los moradores del desierto. Abriste la fuente y el río; Secaste ríos impetuosos. Tuyo es el día, tuya también es la noche; Tú estableciste la luna y el sol. Tú fijaste todos los términos de la tierra; El verano y el invierno tú los formaste. Acuérdate de esto: que el enemigo ha afrentado a Jehová, Y pueblo insensato ha blasfemado tu nombre”.
Ahora, tras leer estos seis versículos, del salmo setenta y cuatro, en los cuales el salmista recuerda los grandes hechos de Dios las burlas de los enemigos, vamos a comentarlos, frase a frase.
Comienza el salmista recordando el gran suceso nacional del milagroso paso del mar rojo a la salida Egipto, pues dice:
“Dividiste el mar con tu poder”. Pero, no solo pasaron el mar en seco sino que allí perecieron sus enemigos que los perseguían y lo recuerda con estas palabras: “Quebrantaste cabezas de monstruos en las aguas”. Insiste en la destrucción de los enemigos cuyos cadáveres serían arrojados por el mar en la costa y servirían de comida a los carroñeros, pues dice:
“Magullaste las cabezas del leviatán, Y lo diste por comida a los moradores del desierto”. Pero, Dios obró un segundo gran milagro, secando el río Jordán para dejarlos pasar cómodamente, y lo recuerda con estas palabras:
“Abriste la fuente y el río; Secaste ríos impetuosos”. Seguidamente, el salmista se eleva para cantar la grandeza universal de Dios, como creador del universo, recordando el origen del día y la noche con estas palabras:
“Tuyo es el día, tuya también es la noche; Tú estableciste la luna y el sol”. También se refiere al diseño y creación de la tierra, diciendo:
“Tú fijaste todos los términos de la tierra”. Y termina esta serie de referencias a Dios como creador mencionando el clima como obra suya, pues dice:
“El verano y el invierno tú los formaste”. Ahora, el salmista da un nuevo giro ya que, después de dejar muy clara la grandeza y poder de Dios, denuncia ente Él las burlas de los enemigos, diciendo: “Acuérdate de esto: que el enemigo ha afrentado a Jehová, Y pueblo insensato ha blasfemado tu nombre”.
Añadiendo así una poderosa razón para la intervención de Dios ya que no se puede ofender impunemente a Dios.
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