Espacio presentado por Daniel Valuja.
Estamos recorriendo el salmo setenta y siete, que pertenece a la colección de los doce salmos que llevan el nombre de Asaf como autor, este fue el director de la música del templo en tiempos de David y, al parecer, sus descendientes mantuvieron el ministerio musical durante generaciones pues son mencionados como cantores, casi cinco siglos después, formando parte del primer contingente que regresó de Babilonia con Zorobabel.
Este salmo setenta y siete cuenta un momento de profunda desesperanza a causa de las circunstancias que hunden al salmista en la angustia y las dudas.
Pero, recupera la confianza cuando vuelve a recordar como se manifestó la grandeza y cuidado de Dios a favor de su pueblo en el pasado.
Cada día leemos un trozo del salmo, que después comentamos en detalle. Es curioso que el salmista, recordando las mismas cosas, llega a conclusiones diferentes.
En la primera parte del salmo le agobian las dudas y en la segunda parte recupera la confianza.
En el programa de hoy encontramos el eje del cambio de actitud del salmista.
Hoy, leemos, y comentamos, los versículos diez al doce, del salmo setenta y siete, que dicen así:
“Dije: Enfermedad mía es esta; Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo. Me acordaré de las obras de JAH; Sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas. Meditaré en todas tus obras, Y hablaré de tus hechos”.
El salmista, después de haberse preguntado si Dios los había desechado como pueblo suyo, dejándoles sin esperanza, despierta de sus dudas y se da cuenta que el problema es suyo, porque ha llegado a conclusiones que no reflejan la realidad. No podía dudar de Dios después de tantas pruebas de su fiel misericordia. Por eso el salmista reconoce su error, diciendo:
“Dije: Enfermedad mía es esta”. La historia del pueblo estaba llena de muestras del poder de Dios obrando a su favor a pesar de sus infidelidades, no había razón para dudar.
Por eso, continúa diciendo: “Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo”. Todos estos recuerdos que antes le angustiaban, pensando que eran intervenciones irrepetibles de Dios, ahora le animan y cambian su desánimo en entusiasmo, pues añade:
“Me acordaré de las obras de JAH”. Las acciones de Dios en el pasado, que habían impresionado a todas las naciones cercanas, vuelven a su memoria con un nuevo aspecto que le llena de fortaleza, pues dice:
“Sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas”. Ya no era recordar las glorias del pasado, sino al Dios que las había hecho y que podía volver a hacerlas, por eso sigue diciendo:
“Meditaré en todas tus obras”. Y aun hace más, pues decide ser portavoz de su descubrimiento, dándolo a conocer a los demás, pues dice: “Y hablaré de tus hechos”.
Estas reflexiones del salmista nos recuerdan algo muy importante: Dios no cambia, cambiamos nosotros.
Dios no desecha a su pueblo, pero le castiga si es necesario, así que, el castigo es una prueba más de su amor, pero nunca de su desprecio.
Es muy importante que aprendamos esto, como una experiencia personal.
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