Espacio presentado por Daniel Valuja.
Terminamos hoy nuestro paseo por el salmo setenta y nueve con el comentario de los tres últimos versículos del mismo.
Este salmo forma parte de un conjunto de doce que se titulan de Asaf, porque Asaf dirigía la música del santuario en tiempos de David y sus descendientes aparecen vinculados a la misma tarea, más de cinco siglos después.
Este salmo describe la destrucción de Jerusalén por los ejércitos caldeos en los primeros versículos y el resto del salmo es una petición de liberación de los cautivos.
Leeremos los cinco últimos versículos del salmo para detenernos después en los tres finales.
Los versículos nueve al trece del salmo setenta y nueve dicen así:
“Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; Y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre. Porque dirán las gentes: ¿Dónde está su Dios? Sea notoria en las gentes, delante de nuestros ojos, La venganza de la sangre de tus siervos que fue derramada. Llegue delante de ti el gemido de los presos; Conforme a la grandeza de tu brazo preserva a los sentenciados a muerte, Y devuelve a nuestros vecinos en su seno siete tantos De su infamia, con que te han deshonrado, oh Jehová. Y nosotros, pueblo tuyo, y ovejas de tu prado, Te alabaremos para siempre; De generación en generación cantaremos tus alabanzas”.
Ahora tras la lectura de estos versículos del salmo setenta y nueve, vamos a leer de nuevo y comentar los tres últimos que insisten en basar la petición en el prestigio de Dios y en la dependencia de Él de los desterrados, pues dicen así:
“Llegue delante de ti el gemido de los presos; Conforme a la grandeza de tu brazo preserva a los sentenciados a muerte, Y devuelve a nuestros vecinos en su seno siete tantos De su infamia, con que te han deshonrado, oh Jehová. Y nosotros, pueblo tuyo, y ovejas de tu prado, Te alabaremos para siempre; De generación en generación cantaremos tus alabanzas”.
La primera frase implora compasión para los cautivos, pues dice:
“Llegue delante de ti el gemido de los presos”. La frase siguiente pide la manifestación del poder de Dios para salvarles.
Pues añade: “Conforme a la grandeza de tu brazo preserva a los sentenciados a muerte”. A continuación, pide que sus agresores reciban de Dios el pago merecido, pues dice: “Y devuelve a nuestros vecinos en su seno siete tantos”.
Pero, seguidamente, vuelve a recordar que el ofendido era Dios mismo, por eso debían ser justamente castigados, pues dice:
“De su infamia, con que te han deshonrado, oh Jehová”. Y, sin perder de vista el prestigio de Dios, sabiendo que Dios intervendrá a su favor, añade que son su pueblo y le alabarán por su salvación, pues termina diciendo:
“Y nosotros, pueblo tuyo, y ovejas de tu prado, Te alabaremos para siempre; De generación en generación cantaremos tus alabanzas”.
Después de considerar esta vibrante petición, podemos aprender dos cosas, una que la salvación, la verdadera salvación, solo viene de Dios, por eso no tiene sentido pedir a otro.
Y segunda, que, por nosotros mismos, nunca merecemos la salvación, Dios nos salva por gracia.
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