Espacio presentado por Daniel Valuja.
Hoy, nuestro recorrido por los salmos, llega al final del salmo ochenta y dos.
Este salmo pertenece a la colección de Asaf, un levita bajo cuyo nombre tenemos doce salmos en el salterio; se trata de los salmos cincuenta y setenta y tres al ochenta y tres.
El Asaf más conocido dirigía el culto musical en tiempos de David; pero descendientes suyos, al regreso del exilio de Babilonia, mantenían su nombre y su ministerio.
No sabemos a que época se refiere el salmo, pero podemos afirmar, que la situación que describe, puede suceder en cualquier país, y en cualquier tiempo. Los detalles que nos cuenta son muy gráficos y muy claros.
El salmo denuncia la típica situación que provoca el descontento del pueblo, y que da lugar, en ocasiones, a revoluciones sangrientas, para volver a caer de nuevo en los mismos males denunciados.
El salmista convoca a Dios para que implante su justicia perfecta en un mundo donde los gobernantes favorecen a los ricos y poderosos e ignoran los abusos que se cometen contra los pobres. El salmo ochenta y dos dice así.
“Dios está en la reunión de los dioses; En medio de los dioses juzga. ¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente, Y aceptaréis las personas de los impíos? Defended al débil y al huérfano; Haced justicia al afligido y al menesteroso. Librad al afligido y al necesitado; Libradlo de mano de los impíos. No saben, no entienden, Andan en tinieblas; Tiemblan todos los cimientos de la tierra. Yo dije: Vosotros sois dioses, Y todos vosotros hijos del Altísimo; Pero como hombres moriréis, Y como cualquiera de los príncipes caeréis. Levántate, oh Dios, juzga la tierra; Porque tú heredarás todas las naciones”.
Teniendo en mente este salmo ochenta y dos, como hacemos cada día, vamos a dedicar nuestra Mirada al último versículo del salmo, que pide que Dios implante, por fin, y definitivamente, su perfecta justicia, en este mundo, tan harto y dolido de tantas injusticias, porque solamente Dios puede gobernar con justicia verdadera para todos.
El versículo ocho y último, del salmo ochenta y dos, dice así:
“Levántate, oh Dios, juzga la tierra; Porque tú heredarás todas las naciones”. La primera frase viene a decir algo así como: “Señor, ya no podemos más, intervén, por favor”, pues dice:
“Levántate, oh Dios”. Seguidamente pide que sea Dios el que gobierne justamente en todo el planeta, pues dice: “juzga la tierra”.
Aunque esta frase también reclama la sanción de las injusticias cometidas, para que todos los abusos que los gobernantes han llevado a cabo sean puestos a la luz y justamente castigados, para que los pobres y humildes, tantas veces atropellados por los poderosos, vean que por fin reciben el castigo que merecen.
Pero, en este versículo final, el salmo va aun más allá, porque anticipa el señorío total y definitivo de Dios sobre esta tierra y sobre sus habitantes, pues dice: “Porque tú heredarás todas las naciones”.
Esto nos lleva a un tiempo en el cual el gobierno del mundo ya no será delegado sino ejercido totalmente por Dios. Si nos duelen las humanas injusticias, podemos sumarnos a este canto y desear de corazón que sea pronto.
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