Espacio presentado por Daniel Valuja.
Estamos comenzando a recorrer el salmo ochenta y cuatro, octavo de los once que llevan el nombre de los hijos de Coré.
Los siete primeros salmos de esta colección son de los hijos de Coré y los cuatro últimos son para los hijos de Coré, es decir escritos por otros y dedicados a ellos.
Este salmo es un canto a la adoración al Dios verdadero y único en su santuario.
Vamos a leer el salmo entero para dedicar después nuestra Mirada a dos de sus versículos.
El salmo ochenta y cuatro dice así:
“¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Aun el gorrión halla casa, Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío. Bienaventurados los que habitan en tu casa; Perpetuamente te alabarán. Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, Cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; Verán a Dios en Sion. Jehová Dios de los ejércitos, oye mi oración; Escucha, oh Dios de Jacob. Mira, oh Dios, escudo nuestro, Y pon los ojos en el rostro de tu ungido. Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, Que habitar en las moradas de maldad. Porque sol y escudo es Jehová Dios; Gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad. Jehová de los ejércitos, Dichoso el hombre que en ti confía”.
Ahora, después de leer el salmo ochenta y cuatro entero, vamos a leer de nuevo los versículos tres y cuatro, en los cuales se centrará hoy nuestra Mirada.
Estos versículos dicen así:
“Aun el gorrión halla casa, Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío. Bienaventurados los que habitan en tu casa; Perpetuamente te alabarán”.
El cuadro es enternecedor, en el santuario, no solo se reúnen los adoradores, sino que en su tejado o laterales hacen su casa las aves que creó el Señor del santuario y tienen allí seguridad para criar a sus hijitos, pues dice:
“Aun el gorrión halla casa, Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos, Rey mío, y Dios mío”. Pero, ahora, el salmista se traslada al santuario celestial, el santuario permanente y perfecto, siendo el lugar más deseable que se pueda imaginar, pues dice dos cosas muy importantes, primera, que estar allí será la verdadera felicidad, la perfecta bienaventuranza, y lo hace con estas palabras:
“Bienaventurados los que habitan en tu casa”. Y, la segunda cosa que dice, es igualmente importante, pues se refiere a la permanencia eterna de las moradas celestiales, pues dice:
“Perpetuamente te alabarán”.
No hay deseo más elevado, ni dicha mayor, que ir a morar con Dios.
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