Espacio presentado por Daniel Valuja.
Estamos haciendo un recorrido pausado por el salmo ochenta y siete.
Este salmo fue dedicado a los hijos de Coré y era para ser cantado en el santuario, posiblemente en una fiesta especialmente solemne.
El salmo ochenta y siete, tomando como ilustración el santuario de Jerusalén, se refiere a la ciudad celestial, canta sus maravillas, habla de sus ciudadanos y menciona un registro de los mismos.
Pero, sorprende mucho en este salmo su universalidad, pues atribuye ciudadanía celestial a personas procedentes de otros lugares del mundo, incluso de naciones que eran temibles enemigos seculares de Israel.
Por lo que nos dice este salmo, en el Reino de Dios, lo que cuenta es la relación personal con Él por medio de la fe, independientemente de la procedencia étnica o cultural de cada uno.
Aunque el salmo es breve, debido a su importancia lo leemos cada día, y lo vamos comentando lentamente, así que hoy comentaremos el versículo cinco, pero, antes, leeremos el salmo completo.
El salmo ochenta y siete dice así:
“Su cimiento está en el monte santo. Ama Jehová las puertas de Sion Más que todas las moradas de Jacob. Cosas gloriosas se han dicho de ti, Ciudad de Dios. Yo me acordaré de Rahab y de Babilonia entre los que me conocen; He aquí Filistea y Tiro, con Etiopía; Este nació allá. Y de Sion se dirá: Este y aquél han nacido en ella, Y el Altísimo mismo la establecerá. Jehová contará al inscribir a los pueblos: Este nació allí. Y cantores y tañedores en ella dirán: Todas mis fuentes están en ti”.
Sin olvidar el salmo en su conjunto, vamos a leer el versículo cinco que nos aclara que los ciudadanos nativos de Jerusalén, tienen la misma filiación celestial que los nacidos en otras partes del mundo que como ellos conocen a Dios, es decir, que creen a su Palabra, y actúan en consecuencia.
El versículo cinco del salmo ochenta y siete, en el cual se confirma que los nacidos en otras naciones, pero que conocen a Dios, es decir, creen en Él, comparten la ciudadanía celestial con los que, nacidos físicamente en la ciudad de Jerusalén, comparten la misma fe, pues este versículo cinco dice así: “Y de Sion se dirá: Este y aquél han nacido en ella, Y el Altísimo mismo la establecerá”. La última frase del versículo deja muy claro que la ciudad celestial es futura, y que su arquitecto es Dios mismo. Nadie mejor que Él para tal tarea.
Lo más asombroso y grandioso que podamos imaginar será un pálido reflejo de lo que nos espera, si pertenecemos a la ciudad celestial. Es sorprendente la poca atención que dedicamos los cristianos, en tiempo de paz, a meditar en las preciosas moradas eternas, cuyas descripciones se insinúan una y otra vez en la escritura.
Tanto es así, que incluso nos parece atractivo este mundo como para no dejarlo, a pesar de quejarnos cada día de las injusticias, de los cambio climáticos, de las enfermedades y de las violencias.
Sin duda, necesitamos volver nuestros ojos a la revelación de Dios en su Palabra para llenar nuestros pensamientos de su gloriosa influencia.
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