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Salmo 88 – Marginado social (480)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Como sabes, si nos oyes habitualmente, estamos siguiendo el salmo ochenta y ocho, comentando un par de versículos cada día.

Este salmo surge de dos coincidencias, una, la principal, de una situación terrible de dolor que parece no tener final, y otra, de la buena relación entre colegas en el servicio musical del santuario, porque el salmo lo escribe un músico, llamado Hemán para otros músicos que conocemos como los hijos de Coré.

El salmo es único en el salterio, porque describe una situación de aflicción terrible, sin final a la vista, sin un rayo de esperanza.

Todo es oscuridad sin final. Pero, lo más peculiar del salmo, es que el salmista, que vive esta situación, no deja de pedir ayuda a Dios cada día, a pesar de no ver ni una señal de solución. Solo alguien que esté viviendo una situación semejante, podrá comprender al salmista y sentirse desafiado a seguir clamando a Dios a pesar de su silencio.

Los primeros nueve versículos, del salmo ochenta y ocho, dicen así:

“Oh Jehová, Dios de mi salvación, Día y noche clamo delante de ti. Llegue mi oración a tu presencia; Inclina tu oído a mi clamor. Porque mi alma está hastiada de males, Y mi vida cercana al Seol. Soy contado entre los que descienden al sepulcro; Soy como hombre sin fuerza, Abandonado entre los muertos, Como los pasados a espada que yacen en el sepulcro, De quienes no te acuerdas ya, Y que fueron arrebatados de tu mano. Me has puesto en el hoyo profundo, En tinieblas, en lugares profundos. Sobre mí reposa tu ira, Y me has afligido con todas tus ondas. Has alejado de mí mis conocidos; Me has puesto por abominación a ellos; Encerrado estoy, y no puedo salir. Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción; Te he llamado, oh Jehová, cada día; He extendido a ti mis manos”.

Tras leer los primeros nueve versículos del salmo ochenta y ocho, para situarnos en el contexto general del salmo, vamos a leer de nuevo los versículos ocho y nueve, sobre los cuales se detendrá nuestra Mirada de hoy.

Los versículos ocho y nueve, del salmo ochenta y ocho, en los cuales el salmista continúa su queja ante Dios, dicen así:

“Has alejado de mí mis conocidos; Me has puesto por abominación a ellos; Encerrado estoy, y no puedo salir. Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción; Te he llamado, oh Jehová, cada día; He extendido a ti mis manos”.

Las dos primeras frases de estos versículos atribuyen a Dios la marginación social que sufre el salmista, pues dice:

“Has alejado de mí mis conocidos; Me has puesto por abominación a ellos”. Esta marginación deja al salmista totalmente aislado, tanto que solamente puede llorar, llorar hasta que sus ojos enferman, él lo dice así:

“Encerrado estoy, y no puedo salir. Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción”. Pero, a pesar de esto, el salmista sigue orando, pues dice: “Te he llamado, oh Jehová, cada día; He extendido a ti mis manos”.

La situación no podía ser peor, pero, a pesar de ello, sigue recurriendo al único que puede ayudarle.

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