Espacio presentado por Daniel Valuja.
Continuamos en el salmo ochenta y ocho, por séptimo día consecutivo, porque este salmo tiene mucho que enseñarnos, sobre todo cuando las cosas van mal, muy mal. Y es que, este salmo es el único del salterio que no ofrece ni siquiera un rayo de luz.
No hay en el horizonte ni resultados, ni esperanza; solamente sufrimiento y ruego constante.
Como hacemos cada día, leemos parte del texto del salmo, para, después comentar los versículos trece y catorce.
La lectura nos permite tener la perspectiva del contexto de los versículos que vamos a comentar.
Leeremos los versículos diez al dieciocho de este salmo ochenta y ocho que dicen así:
“¿Manifestarás tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Será contada en el sepulcro tu misericordia, O tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas tus maravillas, Y tu justicia en la tierra del olvido? Mas yo a ti he clamado, oh Yahweh, Y de mañana mi oración se presentará delante de ti. ¿Por qué, oh Yahweh, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro? Yo estoy afligido y menesteroso; Desde la juventud he llevado tus terrores, he estado medroso. Sobre mí han pasado tus iras, Y me oprimen tus terrores. Me han rodeado como aguas continuamente; A una me han cercado. Has alejado de mí al amigo y al compañero, Y a mis conocidos has puesto en tinieblas”.
Después de leer esta segunda parte del salmo ochenta y ocho, vamos a detener nuestra Mirada sobre los versículos trece y catorce del mismo, que recogen la tercera súplica, de las tres súplicas del salmo, juntamente con una queja. Estos versículos dicen así:
“Mas yo a ti he clamado, oh Yahweh, Y de mañana mi oración se presentará delante de ti. ¿Por qué, oh Yahweh, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?”.
La primera frase es como si le recordase a Dios que ya había suplicado antes ayuda para la situación que no se termina, pues dice:
“Mas yo a ti he clamado, oh Yahweh”. Esto es tanto como decir, pensaba que acudiendo a Ti recibiría alivio, pero no ha sido así. Con todo, insiste, y afirma que volverá a pedir de nuevo, vamos, que no dejará de implorar a pesar de no tener respuesta, pues añade: “Y de mañana mi oración se presentará delante de ti”.
Esta tercera petición del salmo confirma la actitud firme del salmista de clamar a Dios sin cesar. Pero, con todo, se queja de lo que parece una actitud contraria a su petición de parte de Dios, pues dice: “¿Por qué, oh Yahweh, desechas mi alma?”.
Es como si recibiese una carta y la arrojase a la papelera. Seguidamente usa otra ilustración que viene a decir que cuando se presenta delante de Dios, este mira para otro lado, sin prestarle atención deliberadamente, pues pregunta:
“¿Por qué escondes de mí tu rostro?”.
¡Qué terrible es necesitar la ayuda de Dios, pedirla incesantemente, y no tener respuesta!
El gran mérito del salmista es no dejarse vencer por el desánimo. Cualquiera que se halle en una situación semejante lo entenderá.
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