Espacio presentado por Daniel Valuja.
Estamos comentando el salmo ciento dos y hoy es ya nuestro quinto día con él.
Este salmo ciento dos, es una oración, para ser cantada, que tiene dos partes, que se perciben fácilmente al leerlo.
La primera parte, que hoy terminaremos de comentar, ocupa los versículos uno al once, y en ella, el salmista expone, delante de Dios, su gran sufrimiento y soledad.
En la segunda parte del salmo, desde el versículo doce hasta el veintiocho, el salmista canta su confianza esperanzada en Dios que, sin duda alguna, es la gran ayuda para soportar su sufrimiento y acompañar su soledad.
Nos cuesta mucho aprender que Dios permite el sufrimiento en la vida de los suyos, pero siempre hay un propósito en el mismo.
Vamos a leer la primera parte del salmo para recordar el contexto de los dos versículos que examinaremos hoy. Los versículos uno al once, del salmo ciento dos, dicen así:
“Yahweh, escucha mi oración, Y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; Inclina a mí tu oído; Apresúrate a responderme el día que te invocare. Porque mis días se han consumido como humo, Y mis huesos cual tizón están quemados. Mi corazón está herido, y seco como la hierba, Por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido Mis huesos se han pegado a mi carne. Soy semejante al pelícano del desierto; Soy como el búho de las soledades; Velo, y soy Como el pájaro solitario sobre el tejado. Cada día me afrentan mis enemigos; Los que contra mí se enfurecen, se han conjurado contra mí. Por lo cual yo como ceniza a manera de pan, Y mi bebida mezclo con lágrimas, A causa de tu enojo y de tu ira; Pues me alzaste, y me has arrojado. Mis días son como sombra que se va, Y me he secado como la hierba”.
Después de leer esta primera parte del salmo ciento dos, vamos a leer de nuevo los versículos que comentaremos hoy y que son los versículos diez y once, con los cuales termina la primera parte del salmo, que describe el dolor y soledad del salmista.
Estos dos versículos dejan muy claro que el salmista, que acude ante Dios buscando ayuda, sabe que viene de Dios su sufrimiento, pues dice:
“A causa de tu enojo y de tu ira; Pues me alzaste, y me has arrojado. Mis días son como sombra que se va, Y me he secado como la hierba”. Esto quiere decir que reconoce merecido el sufrimiento, pues comienza diciendo:
“A causa de tu enojo y de tu ira”, es decir, lo que sufre viene de Dios que está enfadado con él, es más, reconoce que fue Dios quien lo puso donde estaba y quien le ha hecho bajar, pues dice:
“Pues me alzaste, y me has arrojado”. Sentirse justamente tratado por Dios aumenta su sufrimiento pues si lo que recibe lo merece, eso duele más, por eso dice:
“Mis días son como sombra que se va”. Y añade: “Y me he secado como la hierba”.
Pero, el salmista sabe muy bien que fuera de Dios no encontrará compasión ni ayuda, así que confía en Él y sigue orando. Porque cuando las cosas van mal no hay ningún lugar más seguro para recibir ayuda que el Dios misericordioso, lento para la ira y grande en misericordia.
Imitemos al salmista y busquemos en Dios la ayuda necesaria.
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