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OBSERVATORIO SOLIDARIO · ISRAEL

La soledad profética de Israel: Netanyahu, la ONU y el ocaso de un mundo sin Dios

Decenas de delegados abandonaron la Asamblea General de la ONU mientras Netanyahu hablaba. Un salón semivacío que retrata la soledad de una nación que, entre la amenaza de Irán y el desprecio de las potencias, sigue siendo faro de esperanza en un mundo que se desmorona.

Radio Solidaria. Redacción. 29 de septiembre de 2026.

El espectáculo de la cobardía

Hubo un tiempo en que las naciones se reunían para pactar una tregua con la realidad. Hoy, la Asamblea General de la ONU se ha convertido en un tablado donde se escenifica la cobardía. Cuando Benjamin Netanyahu tomó la palabra el pasado 24 de septiembre, decenas de delegados abandonaron la sala. No fue un gesto de protesta espontáneo, sino una huida calculada, un ritual de purificación laica ante el incómodo espejo que Israel pone frente a las conciencias dormidas del planeta.

El primer ministro israelí, con esa entereza de quien sabe que lucha por su supervivencia, los llamó "cobardes morales". Y no le faltó razón. Porque la cobardía no consiste en discrepar, sino en taparse los oídos cuando la verdad resuena con la contundencia de un martillo. Netanyahu no habló solo de Gaza. Habló de Irán, de la amenaza nuclear, de un régimen que financia el terror en las sombras mientras sus ciudadanos se ahogan en la miseria. Y al hacerlo, desnudó la hipocresía de quienes, desde sus escaños, se cubren con el manto de una virtud impostada mientras miran hacia otro lado.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, concluye su tercer discurso ante una sesión conjunta del Congreso y reafirma los sólidos lazos entre Israel y Estados Unidos. 3 de marzo de 2015. (Fotografía oficial de Caleb Smith)
Imagen de agencias. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, concluye su tercer discurso ante una sesión conjunta del Congreso y reafirma los sólidos lazos entre Israel y Estados Unidos. 3 de marzo de 2015. (Fotografía oficial de Caleb Smith)

La sombra alargada de Irán

Pocos días después de aquel discurso, las alarmas volvieron a encenderse. Netanyahu aseguró tener "indicios" de que Teherán prepara un ataque sobre Israel. La noticia no es nueva, pero adquiere una gravedad inusitada en el contexto de un Israel que se siente cercado por un mundo que, en lugar de tenderle la mano, le da la espalda. El régimen de los ayatolás, ese monstruo que devora a su propio pueblo, no es una amenaza lejana. Es una realidad que se cierne sobre las cabezas de millones de inocentes.

La reacción de Netanyahu no se hizo esperar: convocó al gabinete de seguridad. La reunión podría ser el preludio de una ofensiva preventiva. Es el eterno dilema de quien vive en el filo de la navaja: atacar primero para no ser aniquilado, o esperar y confiar en que la mano que se alza no lleve la espada hasta el final. Israel, a diferencia de las naciones que han hecho de la comodidad su bandera, sabe que no puede permitirse el lujo de la ingenuidad.

El ocaso de un orden enfermo

Pero más allá de la geopolítica, late una verdad más profunda que el ruido de las cancillerías. La ONU, ese "monstruo sin solución" que describía nuestro corresponsal, ya no es un foro de paz. Es la sede de un nuevo orden mundial que se asienta sobre las ruinas de la familia, la propiedad y la nación. Sus tecnócratas, dirigidos por la voz de un amo que no se sienta en ningún escaño, imponen normativas asfixiantes y promueven una ideología que borra al hombre para crear una masa informe y dócil.

En este teatro de sombras, Israel es la piedra en el zapato. Su mera existencia, anclada en una promesa milenaria, desmiente la mentira de un mundo que se cree autosuficiente. Por eso es odiado. Por eso es abandonado. Por eso es atacado. Su soledad no es un signo de debilidad, sino de autenticidad. Como el profeta que grita en el desierto, Israel se mantiene firme mientras las naciones se deshacen en un coro de vaguedades y cobardías.

Una guerra que es espiritual

No nos engañemos. Lo que se dirime en los pasillos de la ONU y en los desiertos de Oriente Medio no es una simple disputa territorial. Es una guerra espiritual. "La realidad siempre es espiritual. El bien contra el mal y el mal contra el bien", sentenciaba nuestro corresponsal. Y en esa contienda, los bandos están claros. De un lado, quienes se arrodillan ante el dios del dinero y del poder, quienes cambian lo bueno por malo y lo malo por bueno. Del otro, quienes, con todas sus imperfecciones, aún reconocen al Dios de Israel como único y verdadero.

Netanyahu, en su discurso, profetizó la caída del régimen iraní y el cambio total de esa nación. No es un vaticinio baladí. Es la convicción de que ninguna tiranía es eterna, de que la libertad acaba abriéndose paso entre los escombros del totalitarismo. Como dijo Jesús: "Yo he visto a Satanás caer del cielo como un rayo". Y esa caída, por más que se retrase, es tan inevitable como el amanecer.

Un llamado a la esperanza

Ante este panorama, la tentación es el desaliento. Pero el desaliento es un lujo que los hijos de la luz no podemos permitirnos. La soledad de Israel es también nuestra soledad. Cada vez que una nación es abandonada por defender la verdad, una parte de nosotros es abandonada con ella. Sin embargo, en esa soledad se esconde una promesa: la de que no estamos solos. Dios no abandona a quienes se mantienen fieles.

Mientras el mundo se desmorona en su propio laberinto de intereses y cobardías, Israel sigue siendo un faro. No porque sea perfecto, sino porque su historia es un testimonio vivo de que la fidelidad a Dios, incluso en medio de la tormenta, es la única victoria que perdura. Oremos por la paz de Jerusalén. Oremos por un mundo que, en su huida hacia las tinieblas, aún puede encontrar el camino de vuelta a casa.

Editorial de Radio Solidaria. Publicado en el programa Observatorio Solidario.

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