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Salmo 102 – Sufrimiento aprovechado (554)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

En estos días estamos recorriendo, y meditando, en el salmo ciento dos.

Este salmo es una oración, bastante extensa, que tiene dos partes que se diferencian fácilmente, la primera parte, de los versículos uno al once, expone, con gran sentimiento, el sufrimiento y la soledad del salmista.

La segunda parte de este salmo ciento dos, es un canto a la esperanza, una afirmación rotunda de la confianza en la intervención de Dios en la historia personal y en la comunitaria.

Este salmo es muy extenso para leerlo cada día, ya que no nos dejaría tiempo para el comentario, por eso, hemos decidido leer cada día una parte del mismo y comentar un par de versículos.

Hoy leeremos de nuevo los versículos uno al once, que describen el dolor y la soledad del salmista, para, después, comentar los versículos ocho y nueve. Los versículos uno al once, del salmo ciento dos, dicen así:

“Yahweh, escucha mi oración, Y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; Inclina a mí tu oído; Apresúrate a responderme el día que te invocare. Porque mis días se han consumido como humo, Y mis huesos cual tizón están quemados. Mi corazón está herido, y seco como la hierba, Por lo cual me olvido de comer mi pan. Por la voz de mi gemido Mis huesos se han pegado a mi carne. Soy semejante al pelícano del desierto; Soy como el búho de las soledades; Velo, y soy Como el pájaro solitario sobre el tejado. Cada día me afrentan mis enemigos; Los que contra mí se enfurecen, se han conjurado contra mí. Por lo cual yo como ceniza a manera de pan, Y mi bebida mezclo con lágrimas, A causa de tu enojo y de tu ira; Pues me alzaste, y me has arrojado. Mis días son como sombra que se va, Y me he secado como la hierba”.

Como ya hemos leído esa primera parte del salmo ciento dos, que expresa el dolor y soledad de su autor delante de Dios, ahora vamos a leer de nuevo los versículos ocho y nueve, en los cuales detendremos hoy nuestra Mirada, para examinarlos.

Los versículos ocho y nueve, del salmo ciento dos, que lamentan la crueldad de los enemigos, dicen así: “Cada día me afrentan mis enemigos; Los que contra mí se enfurecen, se han conjurado contra mí. Por lo cual yo como ceniza a manera de pan, Y mi bebida mezclo con lágrimas”.

Cuando alguien cae, todos aprovechan para sacar tajada, ese parece ser el caso del salmista. Y no le dejan en paz ni un solo día, pues dice: “Cada día me afrentan mis enemigos”, y su enemistad parece ser el temible acoso de la calumnia, que es gratuita, y tanto daño puede hacer.

Además los enemigos se han puesto de acuerdo entre sí, pues dice: “Los que contra mí se enfurecen, se han conjurado contra mí”.

Así que, para hacer más daño, se unen los que le quieren mal. Por eso, al salmista la comida la percibe mezclada con las consecuencias del acoso inclemente y dice:

“Por lo cual yo como ceniza a manera de pan”, y llora cada día, pues añade: “Y mi bebida mezclo con lágrimas”. Pero, en medio de todo eso, sigue orando.

Eso es lo positivo de su actitud, que sufre, pero no deja de buscar a Dios. Hagamos lo mismo.

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