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Salmo 18 – Aliado (98)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Salmo 18 Testimonio

Versículos 35-40: Aliado

Bienvenidos a Miradas. Continuamos nuestro paseo por el salmo dieciocho en el cual David da un brillante testimonio de lo que Dios había sido y era para él.

Cuando los salmos que traemos a este programa son breves, los leemos enteros, pero este es muy extenso y por eso estamos poniendo un trocito cada día bajo nuestra Mirada.

Hoy nuestra Mirada se detendrá en los versículos treinta y cinco al cuarenta en los cuales David sigue atribuyendo a Dios su valor y sus victorias.

En el caso de David sus luchas eran tanto espirituales como físicas, en nuestro caso aplicaremos el salmo en el sentido espiritual ya que nuestra lucha no es con carne ni sangre sino contra poderes espirituales de maldad, como dice Pablo escribiendo a los efesios en el capítulo seis.

Vamos a leer estos seis versículos en los cuales David presenta a Dios como su aliado, para después comentarlos.

Dicen así: “Me diste asimismo el escudo de tu salvación; Tu diestra me sustentó, Y tu benignidad me ha engrandecido. Ensanchaste mis pasos debajo de mí, Y mis pies no han resbalado. Perseguí a mis enemigos, y los alcancé, Y no volví hasta acabarlos. Los herí de modo que no se levantasen; Cayeron debajo de mis pies. Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea; Has humillado a mis enemigos debajo de mí. Has hecho que mis enemigos me vuelvan las espaldas, Para que yo destruya a los que me aborrecen”.

El recuento de las bendiciones que Dios le da, y que ya comenzó en versículos anteriores del salmo, continúa en los que acabamos de leer, así que vamos a repasarlas despacio.

En el treinta y cinco recuerda como Dios ha sido para él defensa, ánimo y bondad, pues dice:

“Me diste asimismo el escudo de tu salvación; Tu diestra me sustentó, Y tu benignidad me ha engrandecido”.

En el treinta y seis recuerda que su celestial aliado ha afirmado sus pasos de tal forma que pudo avanzar sin estrecheces ni los tan peligrosos resbalones, pues dice:

“Ensanchaste mis pasos debajo de mí, Y mis pies no han resbalado”.

En los versículos treinta y siete y treinta y ocho nos cuenta que gracias a ese Aliado celestial la victoria sobre sus enemigos fue total y definitiva. Tanto contra los espirituales como contra los humanos, pues dice aquí el salmista:

“Perseguí a mis enemigos, y los alcancé, Y no volví hasta acabarlos. Los herí de modo que no se levantasen; Cayeron debajo de mis pies”.

Como era de esperar, en el treinta y nueve vuelve a dejar claro el secreto de su espectacular victoria: Fue Dios quien le dio las fuerzas necesarias y, además, fue Dios quien aplastó a sus enemigos.

Con un aliado así, ¿Quién pierde un combate? Veamos como lo explica el salmista en ese versículo:

“Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea; Has humillado a mis enemigos debajo de mí.”.

En el versículo cuarenta, último que veremos hoy, insiste en que su celestial aliado le puso la victoria en la mano pues dice:

“Has hecho que mis enemigos me vuelvan las espaldas, Para que yo destruya a los que me aborrecen”.

¡Qué maravilla tener un aliado así! Si has entregado tu vida a Jesucristo es también el tuyo.

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