Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 22 Al músico principal; sobre Ajelet-sahar. Salmo de David.
Versículos 11-13: Angustiado
Bienvenidos a Miradas. Continuamos asomados a uno de los salmos más conocidos, el salmo veintidós, un salmo de David, que, sin embargo, describe literalmente con gran detalle aspectos de la crucifixión de Jesucristo; con tanto detalle que es como si el autor del salmo la estuviese contemplando.
De hecho, este salmo es citado por los cuatro evangelistas en la escena de la muerte del Señor y el mismo Jesús hace suya la primera frase del salmo, en un grito desgarrado.
Por esta razón, después de recorrer el salmo, hemos querido regresar para ver la cruz de Cristo a través de él, o, más bien, para ver la obra de Cristo descrita en el salmo.
Hoy leeremos los versículos once al quince del salmo para detener después nuestra Mirada en los versículos once al trece.
Los versículos once al quince del salmo veintidós dicen así: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; Porque no hay quien ayude. Me han rodeado muchos toros; Fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca Como león rapaz y rugiente He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte”.
Los sentimientos del Salvador en la cruz están descritos a la vez con crudeza y con belleza en esta sublime poesía del salmo.
Recordemos que en la cruz estaba un hombre joven, de poco más de treinta años, que nunca jamás en su vida había hecho nada malo, que, por el contrario, había hecho bienes tan grandes que nunca ningún ser humano había hecho antes, bienes que habían atraído a las multitudes y llevado su fama por todo lugar, porque sus milagros eran la manifestación de su deidad y sus palabras la confirmación.
Allí está experimentando la mayor angustia que nunca ningún ser del universo podrá experimentar, porque era la suma de las angustias de todos.
Era un peso que solamente Él podía llevar por su especial condición de Dios y Hombre en una persona. Volvemos a leer esa parte de la descripción que hace el salmista de lo que sufre el Salvador en la cruz. Dice así el texto que centra hoy nuestra Mirada: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; Porque no hay quien ayude. Me han rodeado muchos toros; Fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca Como león rapaz y rugiente”.
Solo, absolutamente solo, con la negrísima nube de la máxima angustia envolviéndolo y sin ánimo de nadie.
Era como si un ejército de animales salvajes, depredadores sin piedad, se abatieran sobre Él.
Era la situación más terrorífica que pueda imaginarse. Era la mayor concentración de espanto jamás reunida en el universo.
Estaba siendo aplastado por el peso de toda la culpa de toda la humanidad, y, a la vez, por el justísimo juicio de Dios sobre la misma.
Allí estaban tus culpas y las mías, todas, sin faltar ni una, las pasadas las presentes y las futuras.
¿No te conmueve? ¿No ablanda tu corazón?
¿No te empuja a ponerte de rodillas y pedirle perdón?
¡Pues hazlo! Ese perdón, ganado a tan altísimo precio, es también para ti.
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