Radio Solidaria
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Salmo 25 – Súplica (146)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Salmo 25 Necesitado

Versículos 1-2: Súplica

Bienvenidos a Miradas. En nuestro particular viaje por los salmos hemos llegado al salmo veinticinco, uno de los salmos de David.

Este salmo lo hemos titulado “necesitado”, porque en el salmo se nos muestra un David necesitado de la ayuda y el perdón de Dios, aunque su petición la hace con gran confianza.

Mantenemos nuestra costumbre de leer al menos parte de cada salmo que traemos a este programa, porque el verdadero protagonismo es de la Palabra de Dios, o, más bien, del Dios de la Palabra.

El salmo veinticinco, a cuyo contenido dedicaremos unas cuantas Miradas, es de una extensión mediana que aconseja leer solamente una parte del mismo, así que hoy leeremos solamente hasta el versículo siete y después reposaremos nuestra Mirada en los versículos uno y dos.

Los siete primeros versículos del salmo veinticinco dicen así:

“A ti, oh Jehová, levantaré mi alma. Dios mío, en ti confío; No sea yo avergonzado, No se alegren de mí mis enemigos. Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido; Serán avergonzados los que se rebelan sin causa. Muéstrame, oh Jehová, tus caminos; Enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame, Porque tú eres el Dios de mi salvación; En ti he esperado todo el día. Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias, Que son perpetuas. De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; Conforme a tu misericordia acuérdate de mí, Por tu bondad, oh Jehová”.

Teniendo en mente que el salmo es la petición de un necesitado de ayuda y de perdón, que se dirige a Dios con gran confianza, leemos de nuevo la súplica de los versículos uno y dos y detenemos en ellos nuestra Mirada.

Estos versículos dicen así: “A ti, oh Jehová, levantaré mi alma. Dios mío, en ti confío; No sea yo avergonzado, No se alegren de mí mis enemigos”. Vamos a detenernos en cada frase para meditarla, para mirarla con más atención. La primera frase deja muy claro que David sabía a quién debía dirigirse, pues dice: “A ti, oh Jehová, levantaré mi alma”.

No digas. Aunque lo estás pensando: ¡Naturalmente! ¿A quién si no?

Siempre que tienes alguna dificultad ¿Se lo dices a Dios primero?, pues eso hizo el salmista. Seguidamente añade la razón para hacerlo así, pues dice:

“Dios mío, en ti confío”.

Es decir, Tú eres mi Dios, mi único Dios, no tengo otra alternativa, y además, tengo en Ti toda mi confianza.

La siguiente frase viene a decir que necesita pronto la ayuda divina y que quede claro que procede de Dios para que no sea objeto de burla por decir que confiaba en Dios, pues dice: “No sea yo avergonzado”. Y añade: “No se alegren de mí mis enemigos”.

Esta frase, aunque es muy semejante, añade algo peculiar, si Dios no manifestaba su ayuda a su siervo, no solo le avergonzarían por confiar en Él, sino que se reirían de su confianza y de Dios en quien decía confiar.

Nos queda, como siempre, una importante lección.

Solo en Dios puedes depositar tu confianza ciegamente, solo Dios responderá a tu confianza conforme a su Palabra. Confía en Él.

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