Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 38 Versículos 4-7 El peso del pecado
Bienvenidos a Miradas. Como sabes, estamos recorriendo el libro de los salmos, el más extenso y, seguramente, el más querido, de la Biblia.
Porque este libro es como una serie de ventanas a los sentimientos del corazón en las diversas circunstancias de la relación con Dios.
Sin dejarnos ninguno atrás, hemos llegado ya al salmo treinta y ocho, un salmo escrito por David, el salmista por excelencia.
Este salmo nos muestra el alma del salmista en un momento especialmente difícil, Dios le está castigando duramente porque ha pecado.
El salmista reconoce que merece el castigo pero, aunque se reconoce culpable, pide con gran intensidad la ayuda de Dios.
Hoy veremos solamente los cuatro versículos que van desde el cuatro al siete para examinarlos con calma.
Estos versículos del salmo treinta y ocho dicen así:
“Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; Como carga pesada se han agravado sobre mí. Hieden y supuran mis llagas, A causa de mi locura. Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, Ando enlutado todo el día. Porque mis lomos están llenos de ardor, Y nada hay sano en mi carne”.
Ahora, después de leerlos, vamos a ir viéndolos poco a poco.
La primera frase que hemos leído, es un claro reconocimiento de sus culpas, y sus consecuencias, pues dice:
“Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza”.
Es decir, las emociones que produce el saberse culpable le agobian y lo deja aun más claro la siguiente frase en la cual dice:
“Como carga pesada se han agravado sobre mí”.
O sea, casi no puede soportar su culpa, que, además, tiene añadida su dolencia de la piel que además de dolor le da un aspecto asqueroso, pues dice seguidamente:
“Hieden y supuran mis llagas, A causa de mi locura”.
Si nos hemos fijado, dice que es a causa de su locura, es decir, de su pecado.
Esta situación le avergüenza doblemente, porque es culpa suya y porque mirarlo es muy desagradable, por eso procura disimular su presencia andando agachado y con vestiduras que disimulan en lo posible su mal, ya que dice seguidamente:
“Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, Ando enlutado todo el día”.
A esta situación de vergüenza. y al sufrimiento moral, se une el dolor físico continuo que no le deja descansar, pues añade:
“Porque mis lomos están llenos de ardor, Y nada hay sano en mi carne”.
¡Qué terrible es el peso del pecado! Y si a esto se añade el dolor de una enfermedad tan repulsiva, que le duele porque la está sufriendo y porque le aleja de los demás, ese sufrimiento, que, además, es constante, le hace sentir casi desesperado.
Pero, recordemos, que, con todo, él clama a Dios, buscando su misericordia. Porque, en realidad, nadie puede ayudarlo mejor, ni compadecerse más.
Recordemos que Dios al que ama castiga, por lo tanto, para sus hijos, el castigo es en realidad una declaración de amor, aunque duela, porque siempre tiene una finalidad sanadora del alma. Si está en una situación semejante, no te desanimes, ten paciencia y pide a Dios su ayuda, Él es muy misericordioso y responderá tu petición a su tiempo.
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