Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 40 Versículos 11-13: Socórreme pronto
Bienvenidos a Miradas. Recorriendo, poco a poco, el libro de los salmos, ya estamos terminando el salmo cuarenta.
David es el autor de este salmo y reúne en él, a pesar de su poca extensión, una notable variedad de temas de gran importancia.
Comienza dando testimonio de que vale la pena confiar en Dios y no en los hombres, sigue detallando las maravillas de Dios y lo enlaza con una breve profecía mesiánica.
A renglón seguido hace una petición urgente que incluye ayuda para él y castigo para los enemigos, y termina el salmo con una canto de alabanza y de esperanza.
Hoy veremos los versículos once al trece de este salmo, que leeremos para después comentarlos.
Los versículos once al trece del salmo cuarenta dicen así:
“Jehová, no retengas de mí tus misericordias; Tu misericordia y tu verdad me guarden siempre. Porque me han rodeado males sin número; Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla. Quieras, oh Jehová, librarme; Jehová, apresúrate a socorrerme”.
Si hemos estado siguiendo el repaso de este salmo cuarenta, nos habremos dado cuenta que el tono del salmista ha cambiado por completo, pues ahora ruega con intensidad y urgencia, a la vez que confiesa con sencillez y franqueza. Vamos a verlo.
La primera frase que hemos leído es así: “Jehová, no retengas de mí tus misericordias”.
Cada vez que hablamos de la misericordia de Dios, recordamos que el que pide misericordia está reconociendo que no tiene derecho alguno a recibirla.
David lo sabe muy bien, pero sabe, igualmente, que si no es recurriendo a la misericordia de Dios no tiene otro argumento válido, así que repite la petición acogiéndose al amor fiel de Dios, diciendo:
“Tu misericordia y tu verdad me guarden siempre”. Seguidamente descubre la razón de su petición, por todas partes le llegan males, posiblemente de todo tipo y no puede resistir, no tiene forma de defenderse, es demasiado para él, por eso dice:
“Porque me han rodeado males sin número”.
A continuación descubre un poco más su corazón pues reconoce y confiesa la causa de su situación, sus pecado, ya que los menciona en plural y de una forma singular, como si estuviese huyendo de las consecuencias de sus errores pero estos le hubiesen alcanzado, como suele suceder, pues dice:
“Me han alcanzado mis maldades, y no puedo levantar la vista”.
O sea, estaba avergonzado. Pero el asunto era muy serio pues reconoce que eran muchas sus faltas y no podía resistir, lo confiesa diciendo:
“Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón me falla”.
Su necesidad era muy grande y dependía absolutamente de la buena voluntad de Dios, lo reconoce diciendo seguidamente “Quieras, oh Jehová, librarme”.
Y es que la situación era realmente terrible, y, además, muy urgente, pues ya no podía más, lo confiesa así:
“Jehová, apresúrate a socorrerme”.
El pecado en nuestras vidas es un hecho que nos incapacita ante Dios, solamente nos queda su misericordia.
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