Espacio presentado por Daniel Valuja.
Bienvenidos a Miradas. Ya estamos llegando casi al final del salmo cincuenta y ocho, en este cuarto día que le dedicamos en Miradas.
Este salmo, escrito por David, denuncia la injusticia y advierte que su castigo es imposible de evitar, porque Dios no pasa por alto ninguna injusticia, ni olvida ninguna lágrima de los oprimidos, aunque algunos crean lo contrario.
Leeremos el salmo entero para después comentar los versículos seis al nueve del mismo.
El salmo cincuenta y ocho dice así: “Oh congregación, ¿pronunciáis en verdad justicia? ¿Juzgáis rectamente, hijos de los hombres? Antes en el corazón maquináis iniquidades; Hacéis pesar la violencia de vuestras manos en la tierra. Se apartaron los impíos desde la matriz; Se descarriaron hablando mentira desde que nacieron. Veneno tienen como veneno de serpiente; Son como el áspid sordo que cierra su oído, Que no oye la voz de los que encantan, Por más hábil que el encantador sea. Oh Dios, quiebra sus dientes en sus bocas; Quiebra, oh Jehová, las muelas de los leoncillos. Sean disipados como aguas que corren; Cuando disparen sus saetas, sean hechas pedazos. Pasen ellos como el caracol que se deslíe; Como el que nace muerto, no vean el sol. Antes que vuestras ollas sientan la llama de los espinos, Así vivos, así airados, los arrebatará él con tempestad. Se alegrará el justo cuando viere la venganza; Sus pies lavará en la sangre del impío. Entonces dirá el hombre: Ciertamente hay galardón para el justo; Ciertamente hay Dios que juzga en la tierra”.
Ahora que ya hemos leído el salmo cincuenta y ocho entero, vamos a examinar los versículos seis al nueve en los cuales se completa la descripción del castigo de los malvados que David ruega a Dios, y, a la vez, profetiza. Pero no se toma la justicia por su mano. Estos versículos dicen así:
“Oh Dios, quiebra sus dientes en sus bocas; Quiebra, oh Jehová, las muelas de los leoncillos. Sean disipados como aguas que corren; Cuando disparen sus saetas, sean hechas pedazos. Pasen ellos como el caracol que se deslíe; Como el que nace muerto, no vean el sol. Antes que vuestras ollas sientan la llama de los espinos, Así vivos, así airados, los arrebatará él con tempestad”. Vamos frase por frase. Primero David pide a Dios que destruya su capacidad de agresión, sus armas, diciendo:
“Oh Dios, quiebra sus dientes en sus bocas; Quiebra, oh Jehová, las muelas de los leoncillos”. Con sus armas inutilizadas, aunque ellos parezcan no saberlo, no podrán atacar porque serán inofensivos por completo, ya que añade:
“Sean disipados como aguas que corren; Cuando disparen sus saetas, sean hechas pedazos”.
Aun redondea la descripción de la inutilización de los temibles enemigos con estas palabras que hablan de su fracaso total:
“Pasen ellos como el caracol que se deslíe; Como el que nace muerto, no vean el sol”. Y, seguidamente, profetiza su repentina y total destrucción diciendo: “Antes que vuestras ollas sientan la llama de los espinos, Así vivos, así airados, los arrebatará él con tempestad”.
Es necesario insistir en que David demanda justicia a Dios, pero él no interviene. Tomemos nota.
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