Espacio presentado por Daniel Valuja.
Bienvenidos a Miradas. Nuestro recorrido por el salmo sesenta y ocho llega hoy a su final leyendo y meditando los cinco últimos versículos del mismo.
El salmo sesenta y ocho, escrito por David, tiene un mensaje especialmente dedicado a reconocer el dominio universal de Dios y su especial cuidado de su pueblo a lo largo de la historia.
Cada día, nos detenemos en unos cuantos versículos, que primero leemos y después comentamos, porque como el salmo es extenso no podemos leerlo entero, como hacemos habitualmente con los salmos breves.
Vamos, pues, a leer los últimos cinco versículos del salmo que nos emplazan para participar en el reconocimiento universal de Dios como Rey de reyes y Señor de señores, Dueño del universo y de la historia.
Los versículos treinta y uno al treinta y cinco del salmo sesenta y ocho dicen así:
“Vendrán príncipes de Egipto; Etiopía se apresurará a extender sus manos hacia Dios. Reinos de la tierra, cantad a Dios, Cantad al Señor; Al que cabalga sobre los cielos de los cielos, que son desde la antigüedad; He aquí dará su voz, poderosa voz. Atribuid poder a Dios; Sobre Israel es su magnificencia, Y su poder está en los cielos. Temible eres, oh Dios, desde tus santuarios; El Dios de Israel, él da fuerza y vigor a su pueblo. Bendito sea Dios”.
Después de leerlos, vamos a meditar en esta proclamación del señorío universal de Dios, frase a frase.
Dos enemigos tradicionales del pueblo de Dios son mencionados como los primeros que dan reconocimiento a Dios, pues dice:
“Vendrán príncipes de Egipto; Etiopía se apresurará a extender sus manos hacia Dios”. Pero, el salmista amplía ahora su proclamación y exhorta a todos los pueblos del planeta a unirse en el reconocimiento de Dios, recordándoles que Él está muy por encima de cualquier gloria humana en poder y eternidad, pues añade: “Reinos de la tierra, cantad a Dios, Cantad al Señor; Al que cabalga sobre los cielos de los cielos, que son desde la antigüedad”. Completa su exhortación con una descripción muy peculiar de Dios, primero señala el poder de su palabra, después exige que sea reconocido, porque, sigue diciendo, se ha manifestado en Israel, aunque está por encima del universo, lo dice con estas palabras:
“He aquí dará su voz, poderosa voz. Atribuid poder a Dios; Sobre Israel es su magnificencia, Y su poder está en los cielos”. Seguidamente nos recuerda algo que no debemos olvidar, la majestad de Dios en su morada, es decir la excelsitud suprema y gloriosa de Dios, infinitamente más allá de cualquier concepto humano, nos lo recuerda diciendo:
“Temible eres, oh Dios, desde tus santuarios”.
Y termina el salmo, recordando algo precioso, en Dios está el secreto del poder de su pueblo, ojalá nunca se nos olvide esto a nosotros, porque nos llevaría a creernos suficientes por nosotros mismos. “El Dios de Israel, él da fuerza y vigor a su pueblo”.
La última frase del salmo es del todo lógica, pues dice:
“Bendito sea Dios”. Bendigámosle nosotros también.
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