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Salmo 69 – Consecuencias (364)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Bienvenidos a Miradas. Ya estamos llegando al final del salmo sesenta y nueve, un salmo de David, que habla de sufrimiento extremo e injusto y de total confianza en Dios.

Algunas frases de este salmo son aplicadas a la experiencia de sufrimiento de Cristo.

Los versículos veintidós al veintinueve del salmo sesenta y nueve, en los que David pide con pasión y mucho detalle el castigo de los enemigos, dicen así: “Sea su convite delante de ellos por lazo, Y lo que es para bien, por tropiezo. Sean oscurecidos sus ojos para que no vean, Y haz temblar continuamente sus lomos. Derrama sobre ellos tu ira, Y el furor de tu enojo los alcance. Sea su palacio asolado; En sus tiendas no haya morador. Porque persiguieron al que tú heriste, Y cuentan del dolor de los que tú llagaste. Pon maldad sobre su maldad, Y no entren en tu justicia. Sean raídos del libro de los vivientes, Y no sean escritos entre los justos. Mas a mí, afligido y miserable, Tu salvación, oh Dios, me ponga en alto”.

Fijémonos bien que David, aunque lo desea, encomienda el castigo a Dios, pero, lo cierto, es que usa expresiones muy duras, que nos sorprenden aunque armonizan con la aplicación de la justicia de Dios sobre aquellos que, de forma voluntaria y reiterada, viven en clamorosa desobediencia, a pesar de todas las advertencias de parte de Dios.

Es evidente que el salmista interpreta la voluntad justa de Dios para los malvados que no se arrepienten. Pero, dan miedo sus palabras. David comienza deseando que las fiestas de sus enemigos se vuelvan en tragedias, pues dice:

“Sea su convite delante de ellos por lazo, Y lo que es para bien, por tropiezo”.

Pero su deseo continúa y ahora pide ceguera y terror permanente, porque dice:

“Sean oscurecidos sus ojos para que no vean, Y haz temblar continuamente sus lomos”. Incluso reclama la intervención de Dios de forma especial, lo que da a entender que su maldad era sobre todo contra Dios, pues añade: “Derrama sobre ellos tu ira, Y el furor de tu enojo los alcance”.

Aun añade el daño material, deseando el fin de poderío social, pues dice: “

Sea su palacio asolado; En sus tiendas no haya morador”. En dos frases justifica de nuevo sus razones para desear el castigo de sus enemigos y, son que se erigieron en torturadores del que Dios estaba disciplinando, pues dice:

“Porque persiguieron al que tú heriste, Y cuentan del dolor de los que tú llagaste”.

Finalmente, el salmista expresa el deseo más terrible porque pide que sea aumentada la pena por su maldad, que no haya salvación para ellos, pues dice:

“Pon maldad sobre su maldad, Y no entren en tu justicia”. Y, por si quedan dudas, lo deja absolutamente claro con su petición siguiente, la más espantosa que puede expresarse, pues pide: “Sean raídos del libro de los vivientes, Y no sean escritos entre los justos”.

Termina aquí su petición de castigo para los malvados y ahora pide para sí que, a pesar de su indignidad, sea manifiesta su salvación, pues dice:

“Mas a mí, afligido y miserable, Tu salvación, oh Dios, me ponga en alto”.

El temor de Dios es sabiduría.

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