Espacio presentado por Daniel Valuja.
Estamos avanzando por el salmo setenta y cuatro, escrito por un miembro de la familia de Asaf, que tenían a su cargo el coro del templo.
Hoy nos detendremos en los versículos nueve al doce de este salmo, en el cual hace una fervorosa petición de salvación a Dios, a causa de una terrible destrucción sufrida a manos de enemigos crueles.
El salmo hace un recorrido por la derrota y destrucción generalizada, y por las victorias antiguas, antes de hacer su petición.
Por los datos que menciona el salmo, creemos que se escribió al comienzo del exilio en Babilonia, tras la destrucción de Jerusalén y del templo. Los versículos nueve al doce, del salmo setenta y cuatro, dicen así:
“No vemos ya nuestras señales; No hay más profeta, Ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo. ¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador? ¿Ha de blasfemar el enemigo perpetuamente tu nombre? ¿Por qué retraes tu mano? ¿Por qué escondes tu diestra en tu seno? Pero Dios es mi rey desde tiempo antiguo; El que obra salvación en medio de la tierra”.
Y ahora, como hacemos cada día, tras leer estos versículos del salmo setenta y cuatro, que reflejan las consecuencias de la espantosa derrota en el pueblo, vamos a detenernos en cada frase de los mismos.
La primera frase alude a la pérdida de los símbolos de identidad nacional, pues dice:
“No vemos ya nuestras señales”. Durante muchos años, los profetas habían advertido de la catástrofe que se avecinaba si no se arrepentían, pero no hicieron caso. Ahora los echan de menos, pues dice el salmo:
“No hay más profeta”. Es más, les gustaría saber si aquella situación iba a durar mucho lamentan la falta de profetas que les informan, pues dice:
“Ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo”. Y es que, los malos momentos, se hacen interminables, por eso el salmista pregunta con ansiedad en su oración cuanto va a durar aquella dolorosa situación que estaban sufriendo, pues dice:
“¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador?”.
Seguidamente, vuelve a referirse a la pertenencia del pueblo a Dios, pues los enemigos, ahora vencedores, se burlan orgullosamente de Él y el salmista protesta reclamando que Dios intervenga para acabar con estas burlas, pues dice:
“¿Ha de blasfemar el enemigo perpetuamente tu nombre?”.
Se refiere, seguidamente, a la poderosa intervención de Dios para frenar esto, pues alude a su mano obrando con poder, pero que no se manifestaba, sino que Dios se retraía a propósito, lo hace con estas palabras:
“¿Por qué retraes tu mano? ¿Por qué escondes tu diestra en tu seno?”. Pero, seguidamente, el salmista da un giro total en su argumentación, para confesar a Dios como su Señor y referirse a su permanente poder en el mundo como único Salvador, pues dice enfáticamente:
“Pero Dios es mi rey desde tiempo antiguo; El que obra salvación en medio de la tierra”.
¡Qué importante es, incluso en los peores momentos, recordar que Dios es el único Señor, pero, también, igualmente, el único Salvador!
Dios nunca castiga sin propósito, porque ama los suyos, recuérdalo.
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