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Salmo 77 – Sin respuesta (391)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Seguimos avanzando por el libro de los salmos, y ya hemos llegado al salmo setenta y siete, que pertenece a la colección de Asaf, de los cantores del templo.

En realidad se trataba, según parece, de una familia cuyo ministerio fue, durante bastantes años, el coro del templo.

Este salmo nos traslada a un momento muy difícil, en el cual parece que Dios tarda en intervenir, hundiendo al salmista en la angustia, llegando a pensar que Dios los había abandonado, pero recupera el ánimo, al recordar las intervenciones de Dios en la historia de su pueblo en el pasado.

El salmo nos acompañará durante cinco días y cada día leeremos una parte del mismo para después comentarla.

Leemos, y comentaremos después, los versículos uno al cuatro del salmo setenta y siete, que dicen así:

“Con mi voz clamé a Dios, A Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busqué en el día de mi angustia; Alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; Mi alma rehusaba consuelo. Me acordaba de Dios, y me conmovía; Me quejaba, y desmayaba mi espíritu. No me dejabas pegar los ojos; Estaba yo quebrantado, y no hablaba”. Este inicio del salmo refleja un momento de ansiedad angustiosa en el cual, aunque el salmista parece confiar en la respuesta esta no llega. Veamos cada frase para comprobarlo.

Lo primero que dice el salmista, es, tal vez, el resumen del salmo, pues dice:

“Con mi voz clamé a Dios, A Dios clamé, y él me escuchará”. Aquí hay claridad en suplicar al Dios verdadero y confianza en que este responderá.

La siguiente frase, con algunas variantes, es muy común en los salmos, y nos anima a imitar al salmista en los momentos difíciles, pues dice:

“Al Señor busqué en el día de mi angustia”. Pero, el ruego continúa sin que haya respuesta, pues, en el comienzo de un largo e intenso lamento, sigue diciendo el salmista: “Alzaba a él mis manos de noche, sin descanso”.

El ruego es insistente, perseverante, pero no hay contestación. Y el salmista se hunde en la tristeza, una tristeza inconsolable, pues dice: “Mi alma rehusaba consuelo”. Aunque no mira hacia otro lado, pues sigue esperando a Dios, pero ahora pensando que ya no podrá contar con su ayuda, pues añade:

“Me acordaba de Dios, y me conmovía”. Continúa lamentando y quejándose, pero en un completo desánimo, Pues añade seguidamente:

“Me quejaba, y desmayaba mi espíritu”. La angustia era tal que ni siquiera dormía, y este continuado insomnio lo atribuye a Dios, pues, a continuación confiesa: “No me dejabas pegar los ojos”.

Como es natural, estando en este estado de ánimo, su cara reflejaba los sentimientos de su alma y sus reacciones con los que tenía cerca eran encerrarse en si mismo sin hablar con nadie, pues terminan estos primeros versículos con estas palabras:

“Estaba yo quebrantado, y no hablaba”. Recordemos que este es el comienzo del salmo, pero, de momento, nos queda una importante lección para nosotros.

No sabemos cual era la situación del salmista, o del pueblo, que da lugar a esta intensa petición, pero, aprendemos una cosa: la insistencia perseverante del salmista. Imitémosle.

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