Espacio presentado por Daniel Valuja.
Seguimos progresando en la meditación del salmo setenta y ocho, el segundo más extenso de la Biblia, que fue escrito por Asaf, jefe de cantores del santuario.
Este salmo recuerda la historia pasada, desde que el pueblo de Dios salió de Egipto hasta los tiempos de David, y tiene una finalidad clara: recordar al pueblo la gran misericordia de Dios con ellos, a pesar de sus constantes rebeldías contra Él.
De la misma forma, tiene lecciones para nosotros, que no somos mejores que ellos.
Cada día leemos unos cuantos versículos y comentamos dos de ellos. Vamos pues a leer.
Los versículos cincuenta y cuatro al sesenta y cuatro del salmo setenta y ocho dicen así:
“Los trajo después a las fronteras de su tierra santa, A este monte que ganó su mano derecha. Echó las naciones de delante de ellos; Con cuerdas repartió sus tierras en heredad, E hizo habitar en sus moradas a las tribus de Israel. Pero ellos tentaron y enojaron al Dios Altísimo, Y no guardaron sus testimonios; Sino que se volvieron y se rebelaron como sus padres; Se volvieron como arco engañoso. Le enojaron con sus lugares altos, Y le provocaron a celo con sus imágenes de talla. Lo oyó Dios y se enojó, Y en gran manera aborreció a Israel. Dejó, por tanto, el tabernáculo de Silo, La tienda en que habitó entre los hombres, Y entregó a cautiverio su poderío, Y su gloria en mano del enemigo. Entregó también su pueblo a la espada, Y se irritó contra su heredad. El fuego devoró a sus jóvenes, Y sus vírgenes no fueron loadas en cantos nupciales. Sus sacerdotes cayeron a espada, Y sus viudas no hicieron lamentación”.
Después de leer estos once versículos, vamos a leer de nuevo los que ocuparán nuestra Mirada de hoy, para fijarnos bien en ellos.
Los versículos sesenta y sesenta y uno, del salmo setenta y ocho, recuerdan la vergonzosa derrota ante los filisteos cuando llevaron el arca de Dios a la batalla, como si fuese un talismán, y pasó a poder de los enemigos, pues dicen así:
“Dejó, por tanto, el tabernáculo de Silo, La tienda en que habitó entre los hombres, Y entregó a cautiverio su poderío, Y su gloria en mano del enemigo”.
Las primeras frases dejan claro que aun no había templo y que el santuario era una tienda que estaba en Silo, y cuando, tras una primera derrota ante los filisteos, el pueblo decidió llevar a la batalla el arca de Dios que simbolizaba su presencia entre ellos, pues dice así:
“Dejó, por tanto, el tabernáculo de Silo, La tienda en que habitó entre los hombres”. Es decir, el pueblo pensó que podían manipular a Dios y que Él les daría la victoria de forma fulminante.
Pero, Dios no les dio la victoria sino la derrota y la humillación de ver el arca en manos de los filisteos, por eso dice: “Y entregó a cautiverio su poderío”.
Y añade: “Y su gloria en mano del enemigo”. Seguramente hemos tomado nota de poderío y gloria, porque, Dios permitió la derrota del ejército, pero no que los filisteos se burlasen de Él.
Les costó muy caro.
Es muy fácil caer en el mismo error de creer que podemos manipular a Dios para tapar nuestros errores. Pues tengamos cuidado.
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