Espacio presentado por Daniel Valuja.
Continuamos todavía recorriendo el salmo setenta y ocho, aunque ya estamos terminando.
Este salmo pertenece a la colección de Asaf, de los cantores y músicos del templo; un Asaf dirigía la música sagrada en tiempos de David y la familia es mencionada al regreso del exilio.
En este salmo se hace un recorrido histórico de la relación entre Dios y su pueblo, recalcando la misericordia de Dios y las continuas desobediencias del pueblo.
Tiene, por lo tanto, una finalidad didáctica ya que parece que durante siglos no habían aprendido.
Leeremos los últimos versículos del salmo, en los cuales hay un rotundo cambio temático, para comentar después tres de ellos.
Los versículos sesenta y seis al setenta y dos, del salmo setenta y ocho, dicen así:
“Entonces despertó el Señor como quien duerme, Como un valiente que grita excitado del vino, E hirió a sus enemigos por detrás; Les dio perpetua afrenta. Desechó la tienda de José, Y no escogió la tribu de Efraín, Sino que escogió la tribu de Judá, El monte de Sion, al cual amó. Edificó su santuario a manera de eminencia, Como la tierra que cimentó para siempre. Eligió a David su siervo, Y lo tomó de las majadas de las ovejas; De tras las paridas lo trajo, Para que apacentase a Jacob su pueblo, Y a Israel su heredad. Y los apacentó conforme a la integridad de su corazón, Los pastoreó con la pericia de sus manos”.
Ahora que ya tenemos una idea del contexto de los versículos que vamos a comentar, vamos a leer de nuevo los versículos sesenta y siete al sesenta y nueve, que introducen el gran cambio que mencionábamos antes, pues dicen así:
“Desechó la tienda de José, Y no escogió la tribu de Efraín, Sino que escogió la tribu de Judá, El monte de Sion, al cual amó. Edificó su santuario a manera de eminencia, Como la tierra que cimentó para siempre”.
Las dos tribus descendientes de José, Manasés y especialmente Efraín, representan a la parte norte del territorio de Israel, la más poblada y poderosa y en la bendición del patriarca Jacob a sus hijos, parece quedar en el aire si el heredero de la primogenitura, o mayorazgo y jefatura de las demás tribus, era José o Judá, pero aquí queda definitivamente aclarado el tema. Dios desechó a las tribus descendientes de José, representadas por Efraín, pues dice el salmo:
“Desechó la tienda de José, Y no escogió la tribu de Efraín”. Y seguidamente señala claramente la tribu escogida, pues dice:
“Sino que escogió la tribu de Judá”.
Es más, el lugar nacional de adoración fue puesto en el sur del territorio, en Jerusalén, donde estaba la colina de Sión que es tomado como sinónimo del santuario, pues dice el salmo:
“El monte de Sion, al cual amó. Edificó su santuario a manera de eminencia”.
Pero todo parece apuntar aun más allá en el tiempo, pues dice:
“Como la tierra que cimentó para siempre”.
Recordemos que de la tribu de Judá vino el Señor Jesucristo en cuanto a su humanidad.
Las grandes decisiones de Dios para salvación de los suyos, trascienden la historia y se enlazan con la eternidad. El Dios en quien creemos, no es un Dios temporal, es el Dios eterno.
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