Espacio presentado por Daniel Valuja.
Estamos recorriendo el salmo ochenta, perteneciente a la colección de la familia de Asaf, de los cantores del templo.
Este salmo parece describir una petición por la restauración del reino del norte, que habría sido llevado cautivo por Asiria, hecha desde el reino del sur, donde estaba el santuario.
Hoy haremos algo inusual ya que comentaremos los doce últimos versículos de este salmo ochenta, que describen la conquista, la situación en aquel momento y el ruego por ellos, ya que dicen así:
“Hiciste venir una vid de Egipto; Echaste las naciones, y la plantaste. Limpiaste sitio delante de ella, E hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra. Los montes fueron cubiertos de su sombra, Y con sus sarmientos los cedros de Dios. Extendió sus vástagos hasta el mar, Y hasta el río sus renuevos. ¿Por qué aportillaste sus vallados, Y la vendimian todos los que pasan por el camino? La destroza el puerco montés, Y la bestia del campo la devora. Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora; Mira desde el cielo, y considera, y visita esta viña, La planta que plantó tu diestra, Y el renuevo que para ti afirmaste. Quemada a fuego está, asolada; Perezcan por la reprensión de tu rostro. Sea tu mano sobre el varón de tu diestra, Sobre el hijo de hombre que para ti afirmaste. Así no nos apartaremos de ti; Vida nos darás, e invocaremos tu nombre. ¡Oh Jehová, Dios de los ejércitos, restáuranos! Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos”.
Hemos leído los últimos doce versículos del salmo ochenta y vamos a mirarlos con atención, párrafo a párrafo. Comienzan con la descripción de la conquista de Canaán, bajo la figura de una vida, diciendo:
“Hiciste venir una vid de Egipto; Echaste las naciones, y la plantaste. Limpiaste sitio delante de ella, E hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra. Los montes fueron cubiertos de su sombra, Y con sus sarmientos los cedros de Dios. Extendió sus vástagos hasta el mar, Y hasta el río sus renuevos”.
Seguidamente describe la situación en que estaban tras ser llevadas las tribus del norte a Asiria, pues dice:
“¿Por qué aportillaste sus vallados, Y la vendimian todos los que pasan por el camino? La destroza el puerco montés, Y la bestia del campo la devora. Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora; Mira desde el cielo, y considera, y visita esta viña, La planta que plantó tu diestra, Y el renuevo que para ti afirmaste. Quemada a fuego está, asolada”.
Y el tercer párrafo de estos versículos pide tres cosas, el castigo de los enemigos, la venida de un salvador de parte de Dios y la restauración de la nación, diciendo:
“Perezcan por la reprensión de tu rostro Sea tu mano sobre el varón de tu diestra, Sobre el hijo de hombre que para ti afirmaste. Así no nos apartaremos de ti; Vida nos darás, e invocaremos tu nombre. ¡Oh Jehová, Dios de los ejércitos, restáuranos! Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos”.
El final de este salmo ochenta, nos deja una enseñanza importante, sea cual sea la dimensión del problema, busquemos con humildad la ayuda divina. Las otras no funcionan.
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