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Salmo 81 – Pudo ser (440)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

En este programa llegamos al final del salmo ochenta y uno ya solamente nos quedan dos para terminar la colección de los doce salmos que llevan el nombre de Asaf como autor, ya sean del primer Asaf que dirigía el canto y música del santuario en los tiempos de David, o de alguno de sus descendientes y seguidores en la música y canto para el culto.

La primera parte del salmo es una ferviente alabanza a Dios por su obra de salvación y la segunda parte recuerda al pueblo sus rebeldía y las bendiciones que han perdido por no haber obedecido a Dios.

Leeremos los siete versículos finales para después comentar los cuatro últimos.

Los versículos diez al dieciséis del salmo ochenta y uno dicen así:

“Yo soy Jehová tu Dios, Que te hice subir de la tierra de Egipto; Abre tu boca, y yo la llenaré. Pero mi pueblo no oyó mi voz, E Israel no me quiso a mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos. ¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, Si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, Y vuelto mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido, Y el tiempo de ellos sería para siempre. Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, Y con miel de la peña les saciaría”.

Ahora, después de leer los siete versículos finales del salmo ochenta y uno, vamos a leer de nuevo los cuatro últimos, que comentaremos hoy, y que son un triste lamento de Dios por su pueblo rebelde, al que ama, pues dicen así:

“¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, Si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, Y vuelto mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido, Y el tiempo de ellos sería para siempre. Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, Y con miel de la peña les saciaría”.

Merece la pena examinarlos despacio, pues tienen mucho que enseñarnos.

El lamento de Dios comienza por dos cosas básicas ante la palabra de Dios: Atender y obedecer.

Veamos, la primera frase lamenta que no atendieron a su palabra, pues dice: “¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo!”.

Es decir, ¡Qué pena que no atendieron a mi palabra!, y añade: “¡Si en mis caminos hubiera andado Israel!”, es decir, si hubiesen obedecido a mi palabra, seguido mis instrucciones.

Los resultados hubiesen sido muy otros, pues se habrían ahorrado muchas derrotas, pues añade:

“En un momento habría yo derribado a sus enemigos, Y vuelto mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido”. Y se asegurarían la permanencia en su tierra, pues dice:

“Y el tiempo de ellos sería para siempre”. Y tendrían provisión abundante de todo, pues dice:

“Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, Y con miel de la peña les saciaría”. Ante esto, nos preguntamos: ¿Qué clase de ceguera les hace despreciar tanto bien? Pues desprecian a Dios, salvando, defendiendo, proveyendo y dando permanencia.

¿Se pueden despreciar más cosas necesarias y deseables?

¡No se nos ocurra imitarles! ¡Sería terrible!

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