Espacio presentado por Daniel Valuja.
En nuestro recorrido por el libro de los salmos, llegamos hoy al final del salmo ochenta y seis, uno de los que escribió David.
Este salmo es una petición de ayuda en la necesidad e incluye un canto a la misericordia de Dios, que es el gran tema del salmo.
Vamos a leer los diez últimos versículos del salmo, para después comentar dos de ellos.
Los versículos ocho al diecisiete del salmo ochenta y seis dicen así:
“Oh Señor, ninguno hay como tú entre los dioses, Ni obras que igualen tus obras. Todas las naciones que hiciste vendrán y adorarán delante de ti, Señor, Y glorificarán tu nombre. Porque tú eres grande, y hacedor de maravillas; Sólo tú eres Dios. Enséñame, oh Jehová, tu camino; caminaré yo en tu verdad; Afirma mi corazón para que tema tu nombre. Te alabaré, oh Jehová Dios mío, con todo mi corazón, Y glorificaré tu nombre para siempre. Porque tu misericordia es grande para conmigo, Y has librado mi alma de las profundidades del Seol. Oh Dios, los soberbios se levantaron contra mí, Y conspiración de violentos ha buscado mi vida, Y no te pusieron delante de sí. Mas tú, Señor, Dios misericordioso y clemente, Lento para la ira, y grande en misericordia y verdad, Mírame, y ten misericordia de mí; Da tu poder a tu siervo, Y guarda al hijo de tu sierva. Haz conmigo señal para bien, Y véanla los que me aborrecen, y sean avergonzados; Porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste”.
Después de leer estos diez versículos, con los que termina el salmo ochenta y seis, y que nos proporcionan una buena información del contexto general del salmo, vamos a leer de nuevo los dos últimos a los que dedicaremos nuestra Mirada de hoy.
Los versículos dieciséis y diecisiete, del salmo ochenta y seis, en los cuales termina la petición del salmista, con una nueva referencia a la misericordia de Dios y al testimonio, dicen así:
“Mírame, y ten misericordia de mí; Da tu poder a tu siervo, Y guarda al hijo de tu sierva.
Haz conmigo señal para bien, Y véanla los que me aborrecen, y sean avergonzados; Porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste”.
Vamos a repasar estos versículos para ser iluminados por ellos.
El salmista tiene muy claro que depende de la misericordia de Dios, es decir de una compasión que no merece, pues comienza diciendo.
“Mírame, y ten misericordia de mí”. Y basado en ese trato misericordioso, pide, con gran humildad, dos cosas más, poder y cuidado, pues dice:
“Da tu poder a tu siervo, Y guarda al hijo de tu sierva”. Seguidamente, su petición se orienta al testimonio de Dios obrando en su vida, al pedir que la ayuda de Dios sea tan manifiesta que sus enemigos sepan que está de su parte y eso les humille, pues pide:
“Haz conmigo señal para bien, Y véanla los que me aborrecen, y sean avergonzados”.
¡Que bueno sería que cuando pedimos a Dios su ayuda, pensásemos sobre todo en su testimonio ante los que nos rodean!
Y termina el salmo afirmando haber recibido de la misericordia de Dios ayuda y consuelo, pues dice:
«Porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste”.
No busques ayuda en otra parte, en Dios hay misericordia para ti, si le buscas de corazón.
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