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Salmo 87 – Registro eterno (474)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Estamos en estos días reflexionado en el salmo ochenta y siete, que fue escrito para los hijos de Coré que servían en la música del santuario.

No sabemos en que época fue escrito, pero la forma de referirse al santuario parece más propia de los tiempos de David o los primeros de Salomón.

El salmo canta las excelencias del santuario celestial, la ciudad de Dios, tomando como referencia el santuario de Jerusalén.

En el salmo se exalta la fama de la ciudad celestial y se anuncia que sus habitantes serán procedentes de todo el mundo y figurarán allí registrados.

El lugar de nacimiento que se menciona tres veces en el salmo se refiere a un nacimiento espiritual por la fe y no un nacimiento físico. Por lo tanto, el salmo se anticipa a los resultados gloriosos de los que en todo el mundo y en todas las épocas aceptan el evangelio.

Como el salmo es breve, lo leemos cada día, para, después, comentar uno de sus versículos con detalle. El salmo ochenta y siete dice así:

“Su cimiento está en el monte santo. Ama Jehová las puertas de Sion Más que todas las moradas de Jacob. Cosas gloriosas se han dicho de ti, Ciudad de Dios. Yo me acordaré de Rahab y de Babilonia entre los que me conocen; He aquí Filistea y Tiro, con Etiopía; Este nació allá. Y de Sion se dirá: Este y aquél han nacido en ella, Y el Altísimo mismo la establecerá. Jehová contará al inscribir a los pueblos: Este nació allí. Y cantores y tañedores en ella dirán: Todas mis fuentes están en ti”.

Ahora, que ya hemos leído completo el salmo ochenta y siete, vamos a leer de nuevo el versículo seis ya que será el tema de nuestra Mirada de hoy.

El versículo seis del salmo ochenta y siete, que se refiere a un asunto muy importante: El censo del pueblo de Dios que morará en la ciudad celestial, dice así:

“Jehová contará al inscribir a los pueblos: Este nació allí”. Vamos a fijarnos bien en estas palabras.

Comienza este versículo presentando a Dios mismo anotando en el libro de la ciudadanía celestial, a cada persona, procedente de cualquier pueblo de la tierra, incluyendo de los pueblos enemigos de su pueblo, porque, en realidad, su pueblo lo forman los que le conocen, es decir, los que creen a su palabra y se someten a ella, pues dicen las primeras palabras de este versículo:

“Jehová contará al inscribir a los pueblos”. Así que, no importa el origen geográfico, sino la relación con Dios. No se trata de derechos de raza sino de la gracia excelsa de Dios que alcanza a todo aquel que cree.

El resultado aparece en la frase siguiente que se refiere a la inscripción en el registro de la ciudad celestial, como ciudadano de la misma, venga de donde venga, pues dice esta frase del versículo seis, en boca de Dios:

“Este nació allí”, o sea, que nació de nuevo en la ciudad celestial. Cuando el apóstol Pablo escribió su epístola a los filipenses creyentes, les dice: “nuestra ciudadanía está en los cielos”.

Al leer este salmo ochenta y siete, nos damos cuenta que se refiere a lo mismo, ilustrándolo con el santuario de Jerusalén.

Si has creído en Jesucristo, allí está tu nombre.

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