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Salmo 88 – Aplastado por Dios (479)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Estamos recorriendo el salmo ochenta y ocho, dedicado por Hemán ezraita a los hijos de Coré, lo que, en principio parece un gesto de cortesía, entre músicos del santuario.

Pero, resulta que este salmo es muy distinto de todos los demás salmos.

Este salmo ochenta y ocho está lleno de dolor, de negrura, es un clamor desesperado, porque en ninguna parte del salmo se percibe un rayo de esperanza.

Sin embargo, sorprendentemente, el salmista no se rinde, no se derrumba, y no deja de orar ningún día, con lo cual nos deja un ejemplo extraordinario de como reaccionar cuando una situación angustiosa parece no tener salida y se prolonga indefinidamente, y Dios no parece escuchar. Seguir orando, es el ejemplo y el desafío para nosotros.

Leeremos los nueve primeros versículos del salmo, para tener un conocimiento mejor del contexto del salmo, y después, leeremos y comentaremos dos versículos del mismo.

Los versículos uno al nueve del salmo ochenta y ocho, dicen así:

“Oh Jehová, Dios de mi salvación, Día y noche clamo delante de ti. Llegue mi oración a tu presencia; Inclina tu oído a mi clamor. Porque mi alma está hastiada de males, Y mi vida cercana al Seol. Soy contado entre los que descienden al sepulcro; Soy como hombre sin fuerza, Abandonado entre los muertos, Como los pasados a espada que yacen en el sepulcro, De quienes no te acuerdas ya, Y que fueron arrebatados de tu mano. Me has puesto en el hoyo profundo, En tinieblas, en lugares profundos. Sobre mí reposa tu ira, Y me has afligido con todas tus ondas. Has alejado de mí mis conocidos; Me has puesto por abominación a ellos; Encerrado estoy, y no puedo salir. Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción; Te he llamado, oh Jehová, cada día; He extendido a ti mis manos”.

Ahora, que hemos leído los primeros nueve versículos del salmo ochenta y ocho, que nos ofrecen una perspectiva general del tema del salmo, vamos a leer de nuevo, los versículos seis y siete del mismo, para, seguidamente, comentarlos en detalle.

Los versículos seis y siete, del salmo ochenta y ocho, dicen así:

“Me has puesto en el hoyo profundo, En tinieblas, en lugares profundos. Sobre mí reposa tu ira, Y me has afligido con todas tus ondas”.

Si nos hemos fijado, habremos comprobado que el salmo comienza con un ruego angustioso y sigue con la descripción del sufrimiento, pero ahora ya es una queja, se queja, se lamenta, del trato que recibe de Dios, aunque nunca deja de orar.

Veamos, las dos primeras frases son muy claras, pues dice:

“Me has puesto en el hoyo profundo, En tinieblas, en lugares profundos”. Queda muy claro que el salmista atribuye a Dios sus penas. Pero, no solo eso, sino que, además, se queja porque Dios le está castigando con gran dureza, pues dice:

“Sobre mí reposa tu ira, Y me has afligido con todas tus ondas”.

Con esto afirma que su sufrimiento era como una tormenta que estaba sobre él con toda su fuerza y No se iba ni disminuía. Pero él seguía orando.

¡Qué gran ejemplo nos deja! Oremos en todo tiempo.

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