Un espacio de consuelo, esperanza y reflexión profunda para quienes enfrentan el difícil camino del cáncer. De la mano de Manuel Montoya, este programa ofrece una respuesta de fe a las preguntas más dolorosas, explorando el poder de Dios para sanar, sostener y dar paz en medio de la tormenta. Un refugio espiritual para encontrar fuerzas cuando más se necesitan, recordando siempre que no estás solo. Compra el libro: Dios y el Cáncer en https://librerialosolivos.com/product/dios-y-el-cancer-manuel-m-laso/
Antonio Resco
Hay titulares que no son titulares, sino aldabonazos en la conciencia. Esta semana, un estudio del Parc Sanitari Sant Joan de Déu confirmaba lo que muchos intuíamos con una mezcla de vértigo y vergüenza: cuatro de cada diez mujeres jóvenes españolas han tenido pensamientos suicidas alguna vez, y el 17,1% de ellas ha intentado quitarse la vida. Entre los hombres jóvenes, la cifra de ideación baja al 24,8%, pero el drama no entiende de géneros: los intentos de suicidio entre jóvenes se han multiplicado por nueve en apenas cinco años. No hablamos de estadísticas. Hablamos de un grito ahogado en la habitación de al lado. De un silencio que debería rasgar todas las agendas políticas y todas las homilías dominicales.
El mundo se ha vuelto un lugar inhóspito para el alma joven. Y quienes deberíamos ser atalayas —padres, maestros, pastores, comunicadores— corremos el riesgo de convertirnos en figuras decorativas de un drama que nos sobrepasa. ¿Qué hemos hecho con la esperanza? ¿Qué hemos hecho con esa virtud teologal que antaño se enseñaba en las escuelas y que hoy parece un fósil emocional?
En medio de este desierto, he vuelto a escuchar el testimonio de Manuel Montoya. Un hombre que, hace unos años, recibió un diagnóstico que lo borró todo. Un cáncer. Tres meses de vida. La desaparición súbita de sus planes, de sus sueños, de su horizonte. «De repente te encuentras hablando única y exclusivamente de la enfermedad y la enfermedad y la enfermedad», confiesa. Es la misma lengua de tierra que hunde a nuestros jóvenes: la reducción del ser a una sola cosa, sea un tumor, sea una nota de selectividad, sea el acoso de un compañero de clase. El pasado 15 de septiembre, un menor de 14 años se quitaba la vida en L’Hospitalet de Llobregat tras sufrir, según denuncia su familia, un acoso escolar constante por su orientación sexual. Su historia no es una excepción. Es un patrón.
Pero Montoya encontró algo. O mejor dicho, Alguien lo encontró a él. «El Señor me hizo entender algo crucial: aquel tumor no era algo con lo que él me había creado, no era parte de mi identidad, era una condición que había aparecido en mi cuerpo». La frase es un bisturí. Un diagnóstico —cualquier diagnóstico, ya sea médico, social o psicológico— describe una situación, pero no define la esencia. No dice quién eres. No dicta tu destino. Es la misma verdad que el profeta Eliseo le susurró a su criado aterrorizado: «Te ruego, Señor, que abras sus ojos para que vea» (2 Reyes 6:17). Y el muchacho vio un ejército celestial donde solo había amenaza.
Los jóvenes españoles que hoy se quitan la vida —como el adolescente de L’Hospitalet, como las dos chicas de Jaén, como tantos otros cuyos nombres apenas ocupan un párrafo en los periódicos— no ven ese ejército. Ven el acoso, ven la soledad, ven el fracaso. Y les falta la perspectiva sobrenatural que Montoya describe. «Mi esperanza no consistía en negar el diagnóstico, sino en entender que ese diagnóstico no era necesariamente el final de mi historia». Ese es el punto de inflexión. La esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo, no es la negación del dolor. Es la certeza de que la última palabra no la tiene el informe médico, ni el matón del instituto, ni el juez de menores. La tiene Otro.
El suicidio es hoy la primera causa de muerte externa entre adolescentes y jóvenes en España, por encima de los accidentes de tráfico. La sociedad, esa que ha proclamado a los cuatro vientos la autonomía absoluta del individuo, se descubre incapaz de sostener a los individuos que ha liberado de todo vínculo trascendente. Hemos construido una generación hiperconectada y radicalmente sola. Una generación que, como decía el propio Montoya, «no tiene esperanza, no tiene nada que hacer en la vida». Y la respuesta del Evangelio no es un programa de autoayuda. Es una Persona. «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:2) —dice la Escritura—. No en las circunstancias, no en los sentimientos, no en el ruido del mundo. En Él.
El testimonio de Montoya no es una anécdota edificante. Es una profecía. Su diagnóstico se venció. Un informe médico posterior decía, sin ambages: «se ha producido el milagro». Los médicos no lo entendían. Los cielos sí. Y aquello que parecía un final se convirtió en un propósito: «Recuperar la vida me hizo preguntarme para qué Dios me la había conservado». Esa es la pregunta que esta España nuestra, que camina hacia el abismo demográfico y espiritual, debe atreverse a formular. ¿Para qué nos ha conservado Dios?
La respuesta es incómoda. No es para que sigamos construyendo torres de vanidad. No es para que sigamos entreteniendo a las masas con pan y circo digital. Es para que seamos faros. Es para que los mayores —y aquí la palabra «mayor» no mide arrugas, sino sabiduría— asuman su responsabilidad de maestros, de transmisores de esperanza. Es para que cada creyente entienda que tiene un propósito que cumplir en este mundo, y que ese propósito incluye a los jóvenes que hoy están al borde del precipicio.
Manuel Montoya lo dice con una sencillez que estremece: «La vida es un regalo de Dios». Y como todo regalo, no nos pertenece. Se nos confía. Se nos entrega para que lo cuidemos y lo pongamos al servicio de algo más grande que nosotros mismos. Los jóvenes que se suicidan no lo hacen por cobardía, sino por falta de horizontes. Les hemos robado el cielo y les hemos dado un smartphone. Les hemos arrebatado la esperanza y les hemos dado un puñado de derechos sin deberes, de libertades sin raíces.
Frente a este panorama, la fe cristiana no ofrece una solución mágica, pero sí ofrece un camino. Ofrece una comunidad donde nadie es un extraño. Ofrece una esperanza que no depende de las circunstancias. Ofrece un Dios que se hizo hombre y sufrió la muerte más cruel para que ningún ser humano vuelva a sentirse solo en su oscuridad. «Vuelve los ojos a Jesús», aconseja Montoya. «Mira desde la perspectiva de Dios. Aunque parezca que no hay luz, amigo, la hay, y esa luz está en Cristo Jesús para ti».
Es hora de que los cristianos evangélicos de España dejemos de ser una subcultura de gueto y nos convirtamos en lo que estamos llamados a ser: sal de la tierra y luz del mundo. No con discursos altisonantes, sino con presencia. Con oídos que escuchen sin juzgar. Con manos que sostengan sin condiciones. Con hogares abiertos. Con iglesias que sean refugio, no aduana. La crisis del suicidio juvenil no se resuelve con más psicólogos en los institutos —que sin duda ayudan—, sino con una reconstrucción espiritual de la sociedad. Y esa reconstrucción empieza en cada corazón que se atreve a creer que su vida tiene un propósito.
Que este artículo sea, para quien lo lea desde la desesperanza, una rendija de luz. Que el testimonio de Manuel Montoya nos recuerde que ningún diagnóstico —ni el de un médico, ni el de un maestro, ni el de la propia mente— tiene la última palabra. Que la esperanza no es un sentimiento, sino una Persona. Y que esa Persona, hoy como hace dos mil años, sigue saliendo al encuentro de los que caminan en tinieblas.