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Salmo 31 – Confianza esperanzada (188)

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Salmo 31 Confianza en la angustia

Versículos 19-20: Confianza esperanzada

Bienvenidos a Miradas. En nuestro continuado recorrido por el riquísimo libro de los salmos hemos llegado al salmo treinta y uno, bueno, ya estamos llegando al final del mismo.

Este salmo es uno de los muchos que escribió David y retrata una situación muy difícil y angustiosa, que parece sin esperanza y, en medio de ella, el salmista se refugia y proclama su total confianza en Dios.

El salmo treinta y uno es una oración que nos cuenta lo que sucede en el corazón del salmista en circunstancias tan dolorosas.

Vamos a dar lectura a los versículos diecinueve y veinte del salmo para después ir desgranando su contenido poco a poco.

Los versículos diecinueve y veinte del salmo treinta y uno dicen así:

“¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, Que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres! En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; Los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas”.

Después de leer esto, resulta evidente que el mal momento ya ha pasado y que Dios está respondiendo al ruego del salmista con su ayuda, lo cual enciende la llama de la esperanza.

Veamos de nuevo como se expresa el salmista, comienza diciendo:

“¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, Que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!”.

Aunque viene a decir lo mismo, en realidad dice dos cosas diferentes en relación a lo mismo, pues primero dice:

“¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen!”.

Enfatiza en esta frase el hecho de guardar, como un regalo especial para los suyos, esa manifestación de su bondad liberadora.

¡Que precioso es saber que Dios siempre guarda cosas preciosas para los que le aman!

Sin duda aun nos quedan muchas de esas por descubrir.

Pero, después añade: “¡Que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!”.

Lo que añade aquí el salmista es muy importante, pues, aunque se refiere a lo mismo, descubre un nuevo aspecto muy valioso y es que su ayuda es manifiesta delante de los demás, como un testimonio de Dios señalando a los suyos. Pero el salmista sigue con su gratitud a Dios, diciendo:

“En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; Los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas”.

Esto es algo así como decir, aunque las calumnias son como flechas envenenadas, Dios esconde a los suyos de tal manera que no pueden tocarles.

Es curioso que no dice que les tapa la boca a los conspiradores, sino que pone a cubierto a los suyos para que los ataques no les toquen. ¿Cómo será esto en la práctica?

Probablemente incluye dos cosas, la primera es que Dios no permite que las maniobras de los enemigos dañen a los suyos y, en segundo lugar, cuando su comportamiento no tiene huecos por los cuales señalarles, porque hacen la voluntad de Dios, están a salvo de los ataques de los calumniadores.

¡Qué importante es tener un Dios así!

¿Lo tienes o aun lo estás buscando?

Salmo 31 – Confianza en la oscuridad (187)

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Salmo 31 Confianza en la angustia

Versículos 15-18: Confianza en la oscuridad

Bienvenidos a Miradas. Continuamos nuestro recorrido por el libro de los salmos y ya estamos casi despidiendo el salmo treinta y uno que es de los que surgieron de la prolífica pluma de David.

El salmo es uno oración que nos cuenta una situación muy difícil en la cual David pide ayuda a Dios, pero expresando siempre una total confianza.

Hoy dedicaremos nuestra Mirada a los versículos quince al dieciocho, que primeramente leeremos y después iremos examinando en detalle.

Los versículos quince al dieciocho del salmo treinta y uno dicen así:

“En tu mano están mis tiempos; Líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores. Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; Sálvame por tu misericordia. No sea yo avergonzado, oh Jehová, ya que te he invocado; Sean avergonzados los impíos, estén mudos en el Seol. Enmudezcan los labios mentirosos, Que hablan contra el justo cosas duras Con soberbia y menosprecio”.

Estos versículos comienzan con una declaración muy importante.

“En tu mano están mis tiempos”. David reconoce que su vida, tanto en su duración como en sus circunstancias, está en las manos de Dios.

Esto tiene dos resultados lógicos, por una parte, en su difícil situación, el salmista se sabe en las manos de Dios, y, por otra, estar en las manos de Dios le da absoluta confianza. Hagamos nuestra esta reflexión del salmista.

A esta declaración sigue una oración que vamos a ir viendo en detalle. Comienza la oración con estas palabras:

“Líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores”.

Aunque se sabía en las manos de Dios, en las cuales confiaba, hace una petición específica.

Se ve que reconoce, no solo el cuidado general de Dios sobre su vida, sino su poder para intervenir en una situación concreta y pide ayuda para ser salvo de los enemigos porque sabe muy bien que las victorias las da Dios y no la fuerza o estrategia humanas.

Añade seguidamente: “Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; Sálvame por tu misericordia”.

Aquí hay dos cosas muy notables, la primera es que David pide que se manifieste la acción de Dios ante los demás y la segunda es que esa intervención divina no sería ni merecida ni ganada sino una muestra más de la misericordia de Dios.

Aun agrega una petición, o mas bien un refuerzo a su petición de salvación, pues dice: “No sea yo avergonzado, oh Jehová, ya que te he invocado”.

Es decir: Señor, ellos saben que yo solo confío en ti, no me falles, porque se reirían de mí y de ti.

Ahora la oración del salmista pide castigo para sus enemigos pues dice:

“Sean avergonzados los impíos, estén mudos en el Seol. Enmudezcan los labios mentirosos, Que hablan contra el justo cosas duras Con soberbia y menosprecio”.

O sea, la vergüenza sea para los que no confían en ti, que se queden sin palabras al demostrarse su engaño, porque se dedican a calumniar a los tuyos con ferocidad y prepotencia. Que quede bien claro que el salmista no se toma la justicia por su mano sino que delega en Dios.

Imitemos al salmista confiemos nuestra liberación de los apuros a Dios y dejemos en sus manos el justo castigo de los que hagan daño.