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Salmo 35 – Defiende mi causa (209)

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Salmo 35 Defiéndeme

Versículos 19-23: Defiende mi causa

Bienvenidos a Miradas. Nuestra ruta por el libro de los salmos nos ha llevado hasta el salmo treinta y cinco, que ya estamos terminando.

Este salmo forma parte de los que escribió el salmista por excelencia, es decir, David, el pastor que llegó a ser rey, pero que, durante un tiempo, a causa de la envidia, fue el enemigo público número uno perseguido con saña feroz por el rey Saúl.

Este salmo treinta y cinco es una oración muy intensa en la cual David suplica a Dios ser defendido y que sus enemigos sean castigados.

Hoy pondremos nuestra Mirada sobre los versículos diecinueve a veintitrés de este salmo para examinarlos en detalle.

En ellos David pone de manifiesto, una vez más, la actitud injusta, e incluso antisocial, de sus enemigos, y reclama una vez más la pronta intervención de Dios en su favor.

Los versículos diecinueve al veintitrés del salmo treinta y cinco dicen así:

“No se alegren de mí los que sin causa son mis enemigos, Ni los que me aborrecen sin causa guiñen el ojo. Porque no hablan paz; Y contra los mansos de la tierra piensan palabras engañosas. Ensancharon contra mí su boca; Dijeron: ¡Ea, ea, nuestros ojos lo han visto! Tú lo has visto, oh Jehová; no calles; Señor, no te alejes de mí. Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa”.

En esta parte del salmo treinta y cinco que hemos leído, el salmista sigue exponiendo su causa delante de Dios a quien pide que intervenga.

Primeramente recalca el hecho de su inocencia cuando dice en el versículo diecinueve:

“No se alegren de mí los que sin causa son mis enemigos, Ni los que me aborrecen sin causa guiñen el ojo”.

El énfasis de David se manifiesta en que no hay razones para que le aborrezcan personalmente, y, a renglón seguido, manifiesta que las actitudes injustas de sus enemigos no son solamente contra él sino también contra todos los temerosos de Dios a los que llama mansos, pues sigue diciendo en el versículo veinte:

“Porque no hablan paz; Y contra los mansos de la tierra piensan palabras engañosas”. Dicho de otra forma, se la tienen jurada a los que no piensan como ellos. Seguidamente vuelve de nuevo a lo personal y se centra ahora en las falsas acusaciones pues dice en el versículo veintiuno:

“Ensancharon contra mí su boca; Dijeron: ¡Ea, ea, nuestros ojos lo han visto!”. Y, como haciendo un juego de palabras, invoca el conocimiento que Dios tiene de la falsedad de las acusaciones, pues dice en el versículo veintidós:

“Tú lo has visto, oh Jehová; no calles; Señor, no te alejes de mí”. Es decir, tú sabes muy bien que son mentira sus acusaciones contra mí, por eso te pido que salgas en mi defensa y que se vea que estás a mi lado. Y, a continuación, el salmista muestra urgencia en su ruego, ya que dice en el versículo veintitrés: “Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa”.

Es natural que nos parezca que a Dios no hay que meterle prisa; pero, es posible que no estemos dándonos cuenta del altísimo privilegio de dirigirse a Dios con tal confianza y de tenerle como defensor.

¿Estamos disfrutando esta maravilla?

Salmo 35 – Juzga la ingratitud (208)

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Salmo 35 Defiéndeme

Versículos 13-18: Juzga la ingratitud

Bienvenidos a Miradas. Nuestro recorrido por el libro de los salmos nos ha llevado, paso a paso, hasta el salmo treinta y cinco.

Este salmo, escrito por David, es monotemático, porque todo él es una petición de la intervención de Dios para ayudarle defendiéndole y castigando a los enemigos que de forma injusta y cruel le acosaban.

Hoy nos detendremos en los versículos trece al dieciocho del salmo treinta y cinco en los cuales David pone al descubierta el contraste entre su actitud y la de sus enemigos y renueva su demanda de salvación delante de Dios, porque, a pesar de las poderosas y justas razones que tiene para castigar a sus enemigos, remite a Dios su causa.

Los versículos trece al dieciocho de este salmo treinta y cinco dicen así:

“Pero yo, cuando ellos enfermaron, me vestí de cilicio; Afligí con ayuno mi alma, Y mi oración se volvía a mi seno. Como por mi compañero, como por mi hermano andaba; Como el que trae luto por madre, enlutado me humillaba. Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; Se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; Me despedazaban sin descanso; Como lisonjeros, escarnecedores y truhanes, Crujieron contra mí sus dientes. Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Rescata mi alma de sus destrucciones, mi vida de los leones. Te confesaré en grande congregación; Te alabaré entre numeroso pueblo”.

Repasemos de nuevo lo que acabamos de leer: En el versículo trece David inicia la exposición de su defensa diciendo que, en contraste con sus enemigos: “Pero yo, cuando ellos enfermaron, me vestí de cilicio; Afligí con ayuno mi alma, Y mi oración se volvía a mi seno.

Es decir, sentí sinceramente su dolor como mío. Incluso añade seguidamente, en el versículo catorce que sufrió por ellos como por un familiar, pues dice:

“Como por mi compañero, como por mi hermano andaba; Como el que trae luto por madre, enlutado me humillaba”. Después de ilustrar tan gráficamente como sufrió por sus enemigos, que es como un eco de las palabras de Señor Jesús cuando dijo “amad a vuestros enemigos”, recuerda como le correspondieron ellos a su buena voluntad, diciendo:

“Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; Se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; Me despedazaban sin descanso”. Cuando la situación del salmista era de necesidad, sus enemigos hicieron piña con otros de su calaña para atacarle aprovechando su debilidad, recordándonos que “del árbol caído todos hacen leña” y con David no fue una excepción.

Es más, aun añade que lo hacían con falsedad y sadismo, pues dice:

“Como lisonjeros, escarnecedores y truhanes, Crujieron contra mí sus dientes”.

En esta situación levanta su clamor delante del Señor, diciendo: “Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Rescata mi alma de sus destrucciones, mi vida de los leones”.

A lo largo de los siglos este clamor de “¿Hasta cuando—?” sigue saliendo del corazón de los que son tratados injustamente o son perseguidos por su fe. Pero David ya vislumbra su salvación, pues dice seguidamente:

“Te confesaré en grande congregación; Te alabaré entre numeroso pueblo”.

Miremos a nuestra esperanza y alabemos a nuestro Dios.