Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 35 Defiéndeme
Versículos 19-23: Defiende mi causa
Bienvenidos a Miradas. Nuestra ruta por el libro de los salmos nos ha llevado hasta el salmo treinta y cinco, que ya estamos terminando.
Este salmo forma parte de los que escribió el salmista por excelencia, es decir, David, el pastor que llegó a ser rey, pero que, durante un tiempo, a causa de la envidia, fue el enemigo público número uno perseguido con saña feroz por el rey Saúl.
Este salmo treinta y cinco es una oración muy intensa en la cual David suplica a Dios ser defendido y que sus enemigos sean castigados.
Hoy pondremos nuestra Mirada sobre los versículos diecinueve a veintitrés de este salmo para examinarlos en detalle.
En ellos David pone de manifiesto, una vez más, la actitud injusta, e incluso antisocial, de sus enemigos, y reclama una vez más la pronta intervención de Dios en su favor.
Los versículos diecinueve al veintitrés del salmo treinta y cinco dicen así:
“No se alegren de mí los que sin causa son mis enemigos, Ni los que me aborrecen sin causa guiñen el ojo. Porque no hablan paz; Y contra los mansos de la tierra piensan palabras engañosas. Ensancharon contra mí su boca; Dijeron: ¡Ea, ea, nuestros ojos lo han visto! Tú lo has visto, oh Jehová; no calles; Señor, no te alejes de mí. Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa”.
En esta parte del salmo treinta y cinco que hemos leído, el salmista sigue exponiendo su causa delante de Dios a quien pide que intervenga.
Primeramente recalca el hecho de su inocencia cuando dice en el versículo diecinueve:
“No se alegren de mí los que sin causa son mis enemigos, Ni los que me aborrecen sin causa guiñen el ojo”.
El énfasis de David se manifiesta en que no hay razones para que le aborrezcan personalmente, y, a renglón seguido, manifiesta que las actitudes injustas de sus enemigos no son solamente contra él sino también contra todos los temerosos de Dios a los que llama mansos, pues sigue diciendo en el versículo veinte:
“Porque no hablan paz; Y contra los mansos de la tierra piensan palabras engañosas”. Dicho de otra forma, se la tienen jurada a los que no piensan como ellos. Seguidamente vuelve de nuevo a lo personal y se centra ahora en las falsas acusaciones pues dice en el versículo veintiuno:
“Ensancharon contra mí su boca; Dijeron: ¡Ea, ea, nuestros ojos lo han visto!”. Y, como haciendo un juego de palabras, invoca el conocimiento que Dios tiene de la falsedad de las acusaciones, pues dice en el versículo veintidós:
“Tú lo has visto, oh Jehová; no calles; Señor, no te alejes de mí”. Es decir, tú sabes muy bien que son mentira sus acusaciones contra mí, por eso te pido que salgas en mi defensa y que se vea que estás a mi lado. Y, a continuación, el salmista muestra urgencia en su ruego, ya que dice en el versículo veintitrés: “Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa”.
Es natural que nos parezca que a Dios no hay que meterle prisa; pero, es posible que no estemos dándonos cuenta del altísimo privilegio de dirigirse a Dios con tal confianza y de tenerle como defensor.
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