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Salmo 56 – Acosado y confiado (301)

Imagen del programa Salmo 56 – Acosado y confiado (301) en Radio Solidaria

Bienvenidos a Miradas. Seguimos avanzando por el libro de los salmos y descubriendo cada día nuevas riquezas en el texto de los mismos.

Hoy comenzamos a tratar con el salmo cincuenta y seis, uno de los que escribió David.

En este salmo descubrimos como enfrentar confiadamente las dificultades cuando la confianza está puesta en Dios.

Generalmente, cuando el salmo no es muy extenso lo leemos entero, pero cuando tiene una cierta extensión preferimos ir leyendo y comentando unos pocos versículos cada día, así que leeremos hoy los primeros tres versículos para después comentarlos.

Los versículos uno a tres del salmo cincuenta y seis dicen así:

“Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre; Me oprime combatiéndome cada día. Todo el día mis enemigos me pisotean; Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia. En el día que temo, Yo en ti confío”.

Tras leer estos versículos, vamos a examinarlos frase por frase.

La primera es un ruego especial, puesto que no invoca derechos sino compasión de parte de Dios, es decir, el salmista se sabe indigno de recibir ayuda, pero la necesita con urgencia y solo Dios puede dársela, por eso invoca su misericordia diciendo:

“Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre”. Seguidamente va desgranando los detalles de su necesidad, pues añade que el acoso de sus enemigos es diario y opresivo con estas palabras: “Me oprime combatiéndome cada día”. Pero no solo era cada día, sin uno siquiera de descanso, sino que cada día el acoso, el abuso, eran continuos, así que no le dejaban ni un momento aprovechando su superioridad, pues dice:

“Todo el día mis enemigos me pisotean”. Pero aun había más, pues añade todavía dos datos que agravan su situación: sus enemigos eran muchos y además prepotentes, porque se sabían superiores, ya que añade:

“Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia”.

Repasemos, la situación del salmista era verdaderamente gravísima, pues muchos enemigos, superiores y malvados, le atacaban injustamente, cada día y a cada hora, abusando de su superioridad con una prepotencia insultante.

Si estuviésemos en su situación, ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Lo haríamos exigiendo a Dios ayuda, a la que nos creeríamos con derecho por ser hijos suyos? ¿O, por el contario, como hizo David, conscientes de nuestra indignidad, nos acogeríamos a la misericordia de Dios?

La reacción de David es admirable y ejemplar. Vamos a examinarla en las dos breves frases con las que termina el versículo tres.

En primer lugar, reconoce su necesidad extrema en aquel momento y situación, pues dice: “En el día que temo”.

Es decir, el momento era gravísimo. Pero la siguiente, y brevísima frase es realmente contundente, pues añade: “Yo en ti confío”. Vamos a leer de nuevo estas dos frases tan importantes: “En el día que temo, Yo en ti confío”.

¡Qué hermosa y práctica lección nos dejan estos primeros versículos del salmo cincuenta y seis!

En la extrema necesidad, sufriendo injusticias y agresiones, acógete a la misericordia de Dios y confía en Él.

Dios siempre responde a los que confían en Él.

Salmo 56 – Sin temor (302)

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Bienvenidos a Miradas. En nuestro diario recorrido por el libro de los salmos ya hemos alcanzado el salmo cincuenta y seis.

Este salmo fue escrito por David, ese personaje tan destacado de la Biblia, que primero fue pastor, después soldado brillante, después perseguido injustamente y, por último, rey de Israel durante cuarenta años.

Lo más destacado de su vida fue su dependencia de Dios a lo largo de toda ella.

En este salmo se manifiesta esa dependencia en una situación de gran dificultad, pues, a la vez que pide ayuda a Dios, confiesa una y otra vez su total confianza en Él.

Hoy leeremos el salmo completo y comentaremos el versículo cuatro del mismo.

El salmo cincuenta y seis dice así:

“Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre; Me oprime combatiéndome cada día. Todo el día mis enemigos me pisotean; Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia. En el día que temo, Yo en ti confío. En Dios alabaré su palabra; En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre? Todos los días ellos pervierten mi causa; Contra mí son todos sus pensamientos para mal. Se reúnen, se esconden, Miran atentamente mis pasos, Como quienes acechan a mi alma. Pésalos según su iniquidad, oh Dios, Y derriba en tu furor a los pueblos. Mis huidas tú has contado; Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro? Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare; Esto sé, que Dios está por mí. En Dios alabaré su palabra; En Jehová su palabra alabaré. En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre? Sobre mí, oh Dios, están tus votos; Te tributaré alabanzas. Porque has librado mi alma de la muerte, Y mis pies de caída, Para que ande delante de Dios En la luz de los que viven”.

Ahora, tal como hemos prometido, después de leer el salmo cincuenta y seis completo, vamos a comentar el versículo cuatro del mismo que dice así:

“En Dios alabaré su palabra; En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”.

Vamos ahora a analizar cada frase de este interesantísimo versículo al que hemos titulado: Sin temor, porque ese es el tema del versículo, veamos, comienza diciendo:

“En Dios alabaré su palabra”. O sea, me deleito en meditar la Palabra de Dios y no puedo menos que alabarla.

Hemos dicho hace un momento que el tema de este breve versículo es sin temor”, y la siguiente frase lo confirma plenamente pues dice directamente:

“En Dios he confiado; no temeré”. Con lo cual ya nos deja muy claro el motivo que tiene para no temer: confía en Dios.

Fijémonos bien, está rodeado de peligrosos enemigos que le atacan sin cesar, por lo tanto, no es que sus enemigos se hayan ido o cesado de atacar, es que su confianza no está en sus propias fuerzas ni en su estrategia, sino en Dios, por eso no tiene miedo, y es que ninguna fuerza material o espiritual es motivo de temor si confiamos en el Dios Todopoderoso, porque Él está siempre infinitamente por encima de todo poder.

Así que, lo dice seguidamente “¿Qué puede hacerme el hombre?”. Y es muy lógico, ya que ante el poder de Dios, los seres humanos, son polvo.