Compromiso Tv prog.257 Amigos de los mayores

En este programa hablamos con Enrique Vaquerizo responsable del Dpto de comunicación de la Fundación Amigos de los Mayores, una entidad que tiene por objetivo paliar la soledad, el aislamiento y las carencias afectivas de las personas mayores que viven solas a través de diferentes programas de acompañamiento afectivo y del trabajo voluntario de muchas personas.
Salmo 81 – Libertados (438)

Estamos recorriendo, poco a poco, el salmo ochenta y uno, que es otro de los salmos de la colección de Asaf y seguramente tiene como finalidad ser cantado en alguna celebración especial, pero, además de la alabanza, también recuerda las ingratitudes de Israel con Dios a lo largo de la historia y las bendiciones que perdieron por ser rebeldes.
Cada día leemos unos cuantos versículos que nos ayudan a tener delante el contexto de los que vamos a comentar.
Hoy leeremos los versículos uno al nueve de este salmo ochenta y uno, que dicen así:
“Cantad con gozo a Dios, fortaleza nuestra; Al Dios de Jacob aclamad con júbilo. Entonad canción, y tañed el pandero, El arpa deliciosa y el salterio. Tocad la trompeta en la nueva luna, En el día señalado, en el día de nuestra fiesta solemne. Porque estatuto es de Israel, Ordenanza del Dios de Jacob. Lo constituyó como testimonio en José Cuando salió por la tierra de Egipto. Oí lenguaje que no entendía; Aparté su hombro de debajo de la carga; Sus manos fueron descargadas de los cestos. En la calamidad clamaste, y yo te libré; Te respondí en lo secreto del trueno; Te probé junto a las aguas de Meriba. Oye, pueblo mío, y te amonestaré. Israel, si me oyeres, No habrá en ti dios ajeno, Ni te inclinarás a dios extraño”.
Aunque acabamos de leerlos, vamos a leer de nuevo los versículos seis al nueve para comentarlos en detalle.
Los versículos seis al nueve del salmo ochenta y uno, que recuerdan cuando Israel fue liberado de la esclavitud en Egipto, dicen así:
“Aparté su hombro de debajo de la carga; Sus manos fueron descargadas de los cestos. En la calamidad clamaste, y yo te libré; Te respondí en lo secreto del trueno; Te probé junto a las aguas de Meriba. Oye, pueblo mío, y te amonestaré. Israel, si me oyeres, No habrá en ti dios ajeno, Ni te inclinarás a dios extraño”.
Vamos a repasarlos poco a poco, frase a frase.
Las dos primeras describen, de forma muy gráfica, la liberación, pues la primera se refiere al peso soportado y la segunda al contenedor de la carga, veamos, la primera frase dice:
“Aparté su hombro de debajo de la carga”, curioso, no dice quité la carga, sino aparté su hombro, es decir, liberé al portador.
La segunda frase, con la misma idea, completa la descripción, pues dice: “Sus manos fueron descargadas de los cestos”.
Y, seguidamente, describe el proceso de su misericordia, pues dice:
“En la calamidad clamaste, y yo te libré; Te respondí en lo secreto del trueno”.
El poder de Dios acudió a liberar a su pueblo. A continuación se les recuerda su rebeldía al poco de salir de Egipto, pues les dice: “Te probé junto a las aguas de Meriba”.
Y termina esta parte del salmo con una cariñosa propuesta de Dios a su pueblo, diciendo:
“Oye, pueblo mío, y te amonestaré. Israel, si me oyeres, No habrá en ti dios ajeno, Ni te inclinarás a dios extraño”.
El Dios Salvador les propone que le sirvan en exclusiva, pero habría de ser una sumisión voluntaria. Dios tiene todo el derecho a obligar, pero no lo hace.
Sometámonos a Él. es el mejor proyecto de vida posible.
Salmo 81 – Terquedad ingrata (439)

Continuamos todavía en el salmo ochenta y uno, que aun guarda lecciones importantes para nosotros.
Este salmo Recuerda a Israel quien es su Salvador y Señor y como han sido desobedientes y rebeldes lo que les ha hecho perder muchas bendiciones.
Como ya te hemos dicho otros días, el salmo forma parte de los doce salmos que reúne la colección de Asaf.
Asaf dirigió el canto en tiempos de David y sus descendientes siguieron desempeñando la misma tarea, incluso tras el exilio.
Cada día leemos unos cuantos versículos que nos permiten tener una percepción mejor del contexto y comentamos parte de los mismos.
Los versículos diez al dieciséis del salmo ochenta y uno dicen así:
“Yo soy Jehová tu Dios, Que te hice subir de la tierra de Egipto; Abre tu boca, y yo la llenaré. Pero mi pueblo no oyó mi voz, E Israel no me quiso a mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos. ¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, Si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, Y vuelto mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido, Y el tiempo de ellos sería para siempre. Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, Y con miel de la peña les saciaría”.
Ahora que hemos leído los siete últimos versículos del salmo ochenta y uno, vamos a leer de nuevo los versículos diez al doce para después meditarlos con calma. Los versículos diez al doce dicen así:
“Yo soy Jehová tu Dios, Que te hice subir de la tierra de Egipto; Abre tu boca, y yo la llenaré. Pero mi pueblo no oyó mi voz, E Israel no me quiso a mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos”.
Comienzan estos versículos, de la segunda parte del salmo ochenta y uno, con una llamada, que se repetirá muchas veces a lo largo de la historia, a recordar la salvación nacional, pues dice: “Yo soy Jehová tu Dios, Que te hice subir de la tierra de Egipto”.
Es decir, me debes tu libertad, recuérdalo. Pero, añade algo realmente impresionante, les ofrece su poder disponible para proveerles de todo lo necesario, pues les dice: “Abre tu boca, y yo la llenaré”.
O sea, tú pide, y yo te daré. ¿Cuál sería la respuesta más lógica, ante esta extraordinaria propuesta de Dios?, pues veamos cual fue la de su pueblo al que había salvado, pues dice seguidamente:
“Pero mi pueblo no oyó mi voz”, es decir, no me hicieron caso, no tomaron en serio mi propuesta. Es más, actuaron como si tuviesen opciones aun mejores, pues añade: “E Israel no me quiso a mí”.
Bien, pues como Dios no obliga a quererle, aunque sea lo mejor, sino que quiere corazones voluntarios, los deja seguir su camino erróneo, pues dice:
“Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos”.
¡Qué triste! Teniendo el único Salvador, la perfecta provisión, el mejor Consejero, decidieron ser locamente independientes.
¿Somos nosotros mejores que ellos o estamos haciendo lo mismo? Nuestra actitud es vital para nuestro futuro. Está en juego nuestro bien.