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Salmo 81 – Terquedad ingrata (439)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Continuamos todavía en el salmo ochenta y uno, que aun guarda lecciones importantes para nosotros.

Este salmo Recuerda a Israel quien es su Salvador y Señor y como han sido desobedientes y rebeldes lo que les ha hecho perder muchas bendiciones.

Como ya te hemos dicho otros días, el salmo forma parte de los doce salmos que reúne la colección de Asaf.

Asaf dirigió el canto en tiempos de David y sus descendientes siguieron desempeñando la misma tarea, incluso tras el exilio.

Cada día leemos unos cuantos versículos que nos permiten tener una percepción mejor del contexto y comentamos parte de los mismos.

Los versículos diez al dieciséis del salmo ochenta y uno dicen así:

“Yo soy Jehová tu Dios, Que te hice subir de la tierra de Egipto; Abre tu boca, y yo la llenaré. Pero mi pueblo no oyó mi voz, E Israel no me quiso a mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos. ¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, Si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, Y vuelto mi mano contra sus adversarios. Los que aborrecen a Jehová se le habrían sometido, Y el tiempo de ellos sería para siempre. Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, Y con miel de la peña les saciaría”.

Ahora que hemos leído los siete últimos versículos del salmo ochenta y uno, vamos a leer de nuevo los versículos diez al doce para después meditarlos con calma. Los versículos diez al doce dicen así:

“Yo soy Jehová tu Dios, Que te hice subir de la tierra de Egipto; Abre tu boca, y yo la llenaré. Pero mi pueblo no oyó mi voz, E Israel no me quiso a mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos”.

Comienzan estos versículos, de la segunda parte del salmo ochenta y uno, con una llamada, que se repetirá muchas veces a lo largo de la historia, a recordar la salvación nacional, pues dice: “Yo soy Jehová tu Dios, Que te hice subir de la tierra de Egipto”.

Es decir, me debes tu libertad, recuérdalo. Pero, añade algo realmente impresionante, les ofrece su poder disponible para proveerles de todo lo necesario, pues les dice: “Abre tu boca, y yo la llenaré”.

O sea, tú pide, y yo te daré. ¿Cuál sería la respuesta más lógica, ante esta extraordinaria propuesta de Dios?, pues veamos cual fue la de su pueblo al que había salvado, pues dice seguidamente:

“Pero mi pueblo no oyó mi voz”, es decir, no me hicieron caso, no tomaron en serio mi propuesta. Es más, actuaron como si tuviesen opciones aun mejores, pues añade: “E Israel no me quiso a mí”.

Bien, pues como Dios no obliga a quererle, aunque sea lo mejor, sino que quiere corazones voluntarios, los deja seguir su camino erróneo, pues dice:

“Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; Caminaron en sus propios consejos”.

¡Qué triste! Teniendo el único Salvador, la perfecta provisión, el mejor Consejero, decidieron ser locamente independientes.

¿Somos nosotros mejores que ellos o estamos haciendo lo mismo? Nuestra actitud es vital para nuestro futuro. Está en juego nuestro bien.

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