Salmo 101 – Justicia ante los demás (547)

Hemos llegado al salmo ciento uno y ya es nuestro segundo día con él. Este salmo fue compuesto por el rey David y es un canto entusiasta a la justicia, a vivir y actuar justamente en todo tiempo y lugar.
Cada día leemos todo el salmo, porque es breve y porque ningún comentario puede sustituir el valor de la Palabra de Dios, y seguidamente, comentamos una pequeña parte del mismo.
Comenzamos leyendo el salmo ciento uno, que dice así: “Misericordia y juicio cantaré; A ti cantaré yo, oh Yahweh. Entenderé el camino de la perfección Cuando vengas a mí. En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa. No pondré delante de mis ojos cosa injusta. Aborrezco la obra de los que se desvían; Ninguno de ellos se acercará a mí. Corazón perverso se apartará de mí; No conoceré al malvado. Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré; No sufriré al de ojos altaneros y de corazón vanidoso. Mis ojos pondré en los fieles de la tierra, para que estén conmigo; El que ande en el camino de la perfección, éste me servirá. No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; El que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos. De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra, Para exterminar de la ciudad de Yahweh a todos los que hagan iniquidad”.
Como ya hemos leído el salmo entero, ahora vamos a leer de nuevo los dos versículos que queremos meditar en este día. Se trata de los versículos tres y cuatro, del salmo ciento uno, que tratan de la justicia de David ante los demás y que dicen así:
“No pondré delante de mis ojos cosa injusta. Aborrezco la obra de los que se desvían; Ninguno de ellos se acercará a mí. Corazón perverso se apartará de mí; No conoceré al malvado”.
Estos dos versículos tienen cinco frases realmente notables, vamos una por una. La primera frase proclama el propósito de David de no considerar como opción la injusticia, pues dice: “No pondré delante de mis ojos cosa injusta”. Así que, no es que la desecha después de valorarla, no, es que se niega a valorar lo indebido.
Pero, no se queda con su valoración personal, sino que está firmemente en contra de las cosas hechas injustamente, pues añade:
“Aborrezco la obra de los que se desvían”. Es como si dijese, no importa quien lo haga, lo mal hecho mal parece. Pero, aun deja su posición más clara, al decirnos que tampoco quiere la compañía de los que son injustos, no quiere ser contagiado con sus prácticas, pues dice: “Ninguno de ellos se acercará a mí”.
Y recalca esto, al decir que, en realidad, los injustos ya no querrán estar cerca de él porque les estorba su compañía, y, además, ya saben que no quiere estar cerca de ellos, pues añade:
“Corazón perverso se apartará de mí”. Y aun profundiza un poco más en el tema cuando nos dice que no le interesa la intimidad de trato con los injustos, pues lo concreta diciendo: “No conoceré al malvado”.
Estos versículos, del salmo ciento uno, nos enseñan algo muy valioso: La importancia del testimonio del creyente.
Este testimonio comienza por desechar lo injusto y no compartir intimidad con los que lo practican. No lo olvidemos.
Salmo 101 – Justicia ante Dios (546)

Hoy comenzamos a recorrer los ocho versículos del salmo ciento uno. Este es uno de los salmos que escribió David, el dulce cantor de Israel, y todo el salmo se dedica a la justicia.
Vamos a ir viendo un poco del salmo cada día, aunque, como es un salmo breve, cada día lo leeremos completo, ya que siempre ayuda tener todo el texto presente, para comentar una parte del mismo.
El salmo ciento uno dice así: “Misericordia y juicio cantaré; A ti cantaré yo, oh Yahweh. Entenderé el camino de la perfección Cuando vengas a mí. En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa. No pondré delante de mis ojos cosa injusta. Aborrezco la obra de los que se desvían; Ninguno de ellos se acercará a mí. Corazón perverso se apartará de mí; No conoceré al malvado. Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré; No sufriré al de ojos altaneros y de corazón vanidoso. Mis ojos pondré en los fieles de la tierra, para que estén conmigo; El que ande en el camino de la perfección, éste me servirá. No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; El que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos. De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra, Para exterminar de la ciudad de Yahweh a todos los que hagan iniquidad”.
Ahora, que ya hemos leído el salmo completo, vamos a leer de nuevo los versículos uno y dos, a los que dedicaremos nuestra Mirada de hoy.
Los versículos uno y dos, del salmo ciento uno, dicen así: “Misericordia y juicio cantaré; A ti cantaré yo, oh Yahweh. Entenderé el camino de la perfección Cuando vengas a mí. En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa”.
Comienzan estos versículos con alegría, recordando dos de los atributos de Dios, porque solamente Él tiene esas cualidades en su grado perfecto, pues la primera frase dice: “Misericordia y juicio cantaré”.
La misericordia, que es compasión, y la justicia, que es exigencia, parecen opuestas, porque una permite y la otra exige. Pero, en Dios conviven las dos, porque su misericordia provee la satisfacción para que su justicia se cumpla en nosotros. Por esa razón, la siguiente frase recuerda al destinatario de la canción, diciendo:
“A ti cantaré yo, oh Yahweh”. Pero, ahora los ojos del salmista se vuelven hacia su vida delante de Dios, ya que lo justo es lo correcto, lo debido, así que, delante de Dios, el andar, el vivir, debe ser perfecto, pero, David sabe que no puede conseguirlo sin su ayuda por eso dirigiéndose a Él dice:
“Entenderé el camino de la perfección Cuando vengas a mí”. Y el salmista sigue delante de Dios, considerando su propia vida, y, con la ayuda de Dios, se propone ser íntegro en su vida privada, ya que dice:
“En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa”. A veces, solamente consideramos la necesidad de que nos vean comportarnos bien los demás, pero David, consciente de que Dios lo ve en todo momento, quiere vivir justamente en lo público y en lo privado. ¡Qué buen deseo para nosotros!
Recordemos que todas nuestras acciones, y todos nuestros pensamientos, están delante de Dios y procuremos agradarle en todo.