Espacio presentado por Daniel Valuja.
Hemos llegado al salmo ciento uno y ya es nuestro segundo día con él. Este salmo fue compuesto por el rey David y es un canto entusiasta a la justicia, a vivir y actuar justamente en todo tiempo y lugar.
Cada día leemos todo el salmo, porque es breve y porque ningún comentario puede sustituir el valor de la Palabra de Dios, y seguidamente, comentamos una pequeña parte del mismo.
Comenzamos leyendo el salmo ciento uno, que dice así: “Misericordia y juicio cantaré; A ti cantaré yo, oh Yahweh. Entenderé el camino de la perfección Cuando vengas a mí. En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa. No pondré delante de mis ojos cosa injusta. Aborrezco la obra de los que se desvían; Ninguno de ellos se acercará a mí. Corazón perverso se apartará de mí; No conoceré al malvado. Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré; No sufriré al de ojos altaneros y de corazón vanidoso. Mis ojos pondré en los fieles de la tierra, para que estén conmigo; El que ande en el camino de la perfección, éste me servirá. No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; El que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos. De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra, Para exterminar de la ciudad de Yahweh a todos los que hagan iniquidad”.
Como ya hemos leído el salmo entero, ahora vamos a leer de nuevo los dos versículos que queremos meditar en este día. Se trata de los versículos tres y cuatro, del salmo ciento uno, que tratan de la justicia de David ante los demás y que dicen así:
“No pondré delante de mis ojos cosa injusta. Aborrezco la obra de los que se desvían; Ninguno de ellos se acercará a mí. Corazón perverso se apartará de mí; No conoceré al malvado”.
Estos dos versículos tienen cinco frases realmente notables, vamos una por una. La primera frase proclama el propósito de David de no considerar como opción la injusticia, pues dice: “No pondré delante de mis ojos cosa injusta”. Así que, no es que la desecha después de valorarla, no, es que se niega a valorar lo indebido.
Pero, no se queda con su valoración personal, sino que está firmemente en contra de las cosas hechas injustamente, pues añade:
“Aborrezco la obra de los que se desvían”. Es como si dijese, no importa quien lo haga, lo mal hecho mal parece. Pero, aun deja su posición más clara, al decirnos que tampoco quiere la compañía de los que son injustos, no quiere ser contagiado con sus prácticas, pues dice: “Ninguno de ellos se acercará a mí”.
Y recalca esto, al decir que, en realidad, los injustos ya no querrán estar cerca de él porque les estorba su compañía, y, además, ya saben que no quiere estar cerca de ellos, pues añade:
“Corazón perverso se apartará de mí”. Y aun profundiza un poco más en el tema cuando nos dice que no le interesa la intimidad de trato con los injustos, pues lo concreta diciendo: “No conoceré al malvado”.
Estos versículos, del salmo ciento uno, nos enseñan algo muy valioso: La importancia del testimonio del creyente.
Este testimonio comienza por desechar lo injusto y no compartir intimidad con los que lo practican. No lo olvidemos.
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