Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 31 Confianza en la angustia
Versículos 15-18: Confianza en la oscuridad
Bienvenidos a Miradas. Continuamos nuestro recorrido por el libro de los salmos y ya estamos casi despidiendo el salmo treinta y uno que es de los que surgieron de la prolífica pluma de David.
El salmo es uno oración que nos cuenta una situación muy difícil en la cual David pide ayuda a Dios, pero expresando siempre una total confianza.
Hoy dedicaremos nuestra Mirada a los versículos quince al dieciocho, que primeramente leeremos y después iremos examinando en detalle.
Los versículos quince al dieciocho del salmo treinta y uno dicen así:
“En tu mano están mis tiempos; Líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores. Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; Sálvame por tu misericordia. No sea yo avergonzado, oh Jehová, ya que te he invocado; Sean avergonzados los impíos, estén mudos en el Seol. Enmudezcan los labios mentirosos, Que hablan contra el justo cosas duras Con soberbia y menosprecio”.
Estos versículos comienzan con una declaración muy importante.
“En tu mano están mis tiempos”. David reconoce que su vida, tanto en su duración como en sus circunstancias, está en las manos de Dios.
Esto tiene dos resultados lógicos, por una parte, en su difícil situación, el salmista se sabe en las manos de Dios, y, por otra, estar en las manos de Dios le da absoluta confianza. Hagamos nuestra esta reflexión del salmista.
A esta declaración sigue una oración que vamos a ir viendo en detalle. Comienza la oración con estas palabras:
“Líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores”.
Aunque se sabía en las manos de Dios, en las cuales confiaba, hace una petición específica.
Se ve que reconoce, no solo el cuidado general de Dios sobre su vida, sino su poder para intervenir en una situación concreta y pide ayuda para ser salvo de los enemigos porque sabe muy bien que las victorias las da Dios y no la fuerza o estrategia humanas.
Añade seguidamente: “Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; Sálvame por tu misericordia”.
Aquí hay dos cosas muy notables, la primera es que David pide que se manifieste la acción de Dios ante los demás y la segunda es que esa intervención divina no sería ni merecida ni ganada sino una muestra más de la misericordia de Dios.
Aun agrega una petición, o mas bien un refuerzo a su petición de salvación, pues dice: “No sea yo avergonzado, oh Jehová, ya que te he invocado”.
Es decir: Señor, ellos saben que yo solo confío en ti, no me falles, porque se reirían de mí y de ti.
Ahora la oración del salmista pide castigo para sus enemigos pues dice:
“Sean avergonzados los impíos, estén mudos en el Seol. Enmudezcan los labios mentirosos, Que hablan contra el justo cosas duras Con soberbia y menosprecio”.
O sea, la vergüenza sea para los que no confían en ti, que se queden sin palabras al demostrarse su engaño, porque se dedican a calumniar a los tuyos con ferocidad y prepotencia. Que quede bien claro que el salmista no se toma la justicia por su mano sino que delega en Dios.
Imitemos al salmista confiemos nuestra liberación de los apuros a Dios y dejemos en sus manos el justo castigo de los que hagan daño.
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